sábado, 12 de noviembre de 2011

La vuelta a San Andrés // Segunda parte: Aargub y el desierto

  Dedicado a mis hermanos Andrés y Aurori con cariño
           
 Una de las tardes, mientras comíamos, mi hermano me propuso si quería ir al ”Continente” aprovechando que la falúa que hacía de “correos” iba a llevar provisiones  quedando unas plazas libres de pasajeros pudiéndolas  aprovechar nosotros para ocuparlas. La idea me llenó de alegría porque me daba la oportunidad de internarme un poco más en el desierto, ampliando mis anhelos de experiencias aventureras y exploradoras.
          Nada más acabar de comer, nos dirigimos al puerto y, en uno de los portalones, ya estaba la embarcación acabando de cargar la mercancía destinada al destacamento de Aargub (en lengua hassanía significa “cantil” porque estaba situada en una ensenada, entre acantilados), al otro lado de la bahía.
           No tardamos mucho en zarpar, alejándonos de la ciudad con una buena marcha en un mar transparente y calmado como era lo normal en aquella larga lengua marina.
         El trayecto duró poco dado la corta distancia que separaba ambos lados de la bahía, (no más de 4 ó 5 km.)  A medida que te acercabas al “Continente” se vislumbraba unos altos acantilados al lado de una playa donde aprovechando los restos de un barco, encallado tiempo atrás, se construyó un pequeño puerto para facilitar el desembarco de personal y las mercancías.
         Desde la playa hacia el interior, unas construcciones  de claro estilo moruno, y de un luminoso blanco inmaculado, destacaban sobre la  fina arena amarilla, distribuyéndose a izquierda y derecha, formando una larga y única calle donde se ubicaban  cantina, residencia oficiales, telegrafía, enfermería, comedores para la tropa, barracones para los soldados de las distintas unidades,   como las  compañías motorizadas, con Land-Rover  y camiones para las incursiones hacia otras bases situadas mas al interior, la ATN (Agrupación Tropas Nómadas)  de camellos, para patrullas cercanas de más difíciles accesos y alguno otro cuerpo militar.
         Al final de la calle, un poco separada, hacia el interior, se encontraban las escasas viviendas de la población civil que constituiría el núcleo inicial de una futura ciudad. Todo el enclave constituía un conjunto armonioso, pintoresco y muy atractivo, desde el punto turístico, al margen del valor estratégico, patriótico y sentimental de una colonia española en el Sáhara.
         Mi hermano Andrés me fué explicando las distintas funciones de los edificios, entrando en algunas dependencias donde saludaba a compañeros aún destinados allí. Sobretodo estuvimos en su anterior destino de transmisiones donde pasó una buena temporada como Suboficial 1º de Transmisiones encargado de la emisora.
          Recorrimos todo el recinto militar y el poblado civil informándome de cuanto había acontecido y lo duro que había sido para él y, sobre todo, para su familia (su esposa e hijos), durante el periodo que vivió allí. Como anécdota importante, emotiva y sentimental, me explicó el “histórico” bautizo de su hijo Juan José que tiene el privilegio de ser el primer niño europeo y, por supuesto, español, bautizado en Aargub con una ceremonia inolvidable y en una especial pila de bautismo que quedará para la Historia.
           Mientras hacíamos el recorrido, nos encontramos con un oficial amigo que regresaba a Villa Cisneros por tierra, ocasión que aprovechamos para regresar con él aunque para ello tuvimos que recortar la visita, pues el trayecto era muy largo y había que   circunvalar todo el terreno bañado por el mar formando la bahía.
           La vuelta, pensada para hacerla en la misma barcaza de la ida, era más corta y cómoda, pero perdía el enorme atractivo de internarte por el desierto y contemplar sus bellas formas y exótico paisaje. Pero había que darse prisa porque en el istmo había una zona pantanosa y se daba una circunstancia, además de pintoresca.    Era un grave inconveniente, consistente en que, para pasarlo, había que hacerlo con la marea baja   porque, si no, corrías el riesgo, si estaba en pleamar, de inundarse el motor y no poder continuar el viaje.
        Sin demora, nos recogió con el Land Rovers enfilando la salida dejando atrás el blanco y pintoresco   Aargub.
         Nada más salir de Aargub, casi al borde de la pista hacia las laderas de unas montañas, se extendía una vega de un intenso verdor que desentonaba con todo el terreno que lo rodeaba. Resultaba extraño, entre tanta sequedad, aquella explosión de exultante fertilidad, a todas luces artificial.  Me explicaron que se trataba de una granja y huerta de experimentación donde se cultivaban varios tipos de hortalizas, legumbres y algunos árboles frutales en un intento de ir colonizando el desierto para poder abastecer de productos frescos las localidades de Villa Cisneros y Aargub. Se complementaba la granja–huerta de Tiniguir con la estabulación de cebúes, animales del género bovino típico de África, con una giba de grasa en el lomo y que suplía a las vacas. Además de producir leche y carne, sus excrementos se aprovechaban para abono. Para el riego de la espléndida huerta, se utilizaba unos pozos artesianos que proveían agua abundante y de calidad, extraida a   gran profundidad.
         Una vez dejado atrás aquel extenso verdor, el camino era una pista formada por el continuo paso de los todo terreno y los camiones Pegasos usados en los traslados de tropas y materiales.
            El firme de la carretera  como consecuencia de una superficie llena de piedras, hoyos, arena, abundantes hierbajos sobre montoncitos de arenas acumuladas  a su alrededor, subidas y bajadas por lechos de riachuelos secos, incluso a veces trozos de pista desaparecidas por acumulación de arena después de mucho viento, ofrecían múltiples dificultades, incluso para los todo terreno, que frecuentemente tenían que hacer violentos giros  para sortear los continuos obstáculos  sin librarse de los constantes saltos por los infinitas irregularidades del terreno. Pero todos los brincos, polvaredas y vaivenes los soportabas gustoso compensado por la belleza de los amplios horizontes entre dunas y pequeñas elevaciones rocosas, algunas con formas que, desde la distancia, parecían pirámides, rompiendo el monótono y, a la vez, cambiante paisaje. Nunca olvidaré el grandioso y bello espectáculo del rojizo atardecer, con un cielo en llamas, contemplando, a un lado, el mar de la bahía y al otro, el sol trasponiendo entre las dunas y las rocas en un juego de luces naranjas y sombras violetas que hacían elevar el alma hasta lo sublime.
            Hasta poco antes de llegar al final de la bahía, había un pequeña isla llamada Herne que no perdías de vista mientras la carretera iba girando hacia la izquierda haciendo una suave curva rodeando, el fondo de la bahía, mientras pasabas de la parte del continente por una ancha y baja franja de arena que, en la marea alta, era inundada por el mar, creando serias dificultades si se intentaba atravesarla, hasta entrar en el istmo para seguir recto hasta Villa Cisneros. En ese trozo, el paisaje era precioso, favorecido por los últimos rayos de sol que se ocultaba, en su esplendoroso ocaso, en el horizonte del desierto.
          Cuando recorríamos ese trecho, comenzaba la pleamar, viendo como las pequeñas olas iban aproximándose con rapidez hacia la carretera, cuyo trazado, iba paralelo a la orilla de la bahía y muy cercano al agua.
          Tal como había previsto el conductor, pasamos el trayecto conflictivo a tiempo y, a partir de allí, el viaje se hizo rápido y cómodo pues, hasta Villa Cisneros, la carretera era recta, estaba bien asfaltada y sólo, en algún pequeño tramo, la invadía la arena pero no llegaba a cubrir el asfalto del todo.

Entrábamos en la ciudad cuando ya las luces de las calles se encendían y la oscuridad iba apoderándose  rápidamente de  la tranquila Villa Cisneros.
         Aquella noche, caí en la cama rendido y baldado por el traqueteo del viaje, pero muy feliz de haber tenido una vivencia inolvidable… y soñé con doradas dunas, largas caravanas de camellos, fértiles oasis, espejismos,, esbeltas palmeras cuajadas de dátiles mecidas por el viento, …. y me sentí como un jeque beduino en una lujosa jaima  reclinado sobre  suaves cojines de seda mientras, bellas danzarinas, bailaban la danza del vientre  al son de las chirimías, dulzainas, suaves panderetas y platillos.
          Intenté volver al desierto pero, esta vez, mucho más al interior aprovechando que mi hermano salía por unos días con un convoy de reconocimiento y patrulla al destacamento de Bir Nzarán. Habló con el mando superior responsable para pedirle su permiso, pero le denegó la autorización por ser una incursión con riesgo y para llevar un civil, era muy comprometido; así que me quedé con las ganas y la frustración de una nueva , y aún más excitante, aventura.
       
                                      ... continuar




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