sábado, 23 de abril de 2011

Mis amígdalas

La penicilina estaba recién descubierta pero en nuestro país no había posibilidad de obtenerla a no ser que se tuviera muchísimo dinero para poder adquirirla en América, como se decía refiriéndose a EE. UU. o en Alemania, dónde tampoco era fácil.     
          La mortalidad, entonces, era muy alta por enfermedades de curación difícil a base de remedios caseros y medicación escasa de eficacia discutible.
           Muchos males se curaban a base de hierbas medicinales, que realmente hacían su efecto, y múltiples medios, algunos, incluso rayanos en artes de brujería. Hoy, gracias a los avances farmacológicos y médicos, muchas de aquellas enfermedades se curan, o están  controladas e incluso erradicadas.
          Uno de los medios caseros. por aquellos años, para fuertes resfriados con toses “cavernosas”, era dar friegas de yodo, un ungüento y vahos de Vick Vaporub y si la cosa era más seria, se recurría a las “ventosas,” consistente en colocar una “mariposa”  encendida sobre el pecho y después en la espalda, cubierta con un vaso de cristal si no se tenía unos, ya especialmente hechos para eso. La llama de la mariposa iba consumiendo el oxigeno contenido dentro del vaso hasta apagarse, consiguiendo que el vaso quedara fuertemente agarrado a la piel al hacerse el vacio. Te llenaban el pecho y después la espalda de vasos “enganchados” que para quitarlos costaban lo suyo y te dejaba el cuerpo lleno de “roscos.”  
         Otro de los remedios caseros muy usado de aquellos tiempos eran las cataplasmas. 
          La cataplasma era un tratamiento que se aplicaba en la parte del cuerpo donde  existía el mal. Estaban hechas de diversas hierbas y productos, dependiendo de lo que se quería curar. Tenía una consistencia blanda, algo húmeda y normalmente se colocaba caliente, a veces tan caliente, que había que esperar se enfriase un poco para poder resistirla.
          Su uso más frecuente era para calmar dolores musculares, como antiinflamatorio y a mi me las ponían para la congestión bronquial y resfriados, a los que era bastante asiduo, con el acompañmiento de grandes inflamaciones de amígdalas que me producían altas fiebres y dificultades respiratorias, dado el gran volumen que adquirían.
         Para esta circunstancia, cosa que sufrí frecuentemente y muy graves, el remedio eran “toques “ con “azul de metileno”, una especie de tinta de un color azul marino que con la parte trasera de un palillero al que se le colocaba enrollado un trozo de algodón  en un extremo a modo de esponja, te lo restregaban en las amígdalas, produciéndote grandes arcadas  que, además de ver las estrellas, echabas la primera papilla. De ahí que en mi casa nunca faltaba el dichoso tarro de “azul de metileno”, ni tampoco un paquete de cataplasmas para los bronquios que ya vendían hechas en las farmacias.                                            Cuando la cosa se ponía realmente seria, mi madre no tenia más remedio que recurrir a las inyecciones y eso si que era un drama para mí. .
          Las inyecciones que me ponían se llamaban “Bronquimax” y venían en una caja con seis ampollas que el practicante cortaba con una lima que, ya venía en la caja, y se adaptaba a la forma del cuello de la ampolla.                       
           Don Antonio Pérez, era el practicante que venía a ponerme las inyecciones. Vivía en la calle Sacramento a tres casas de la mia de la calle La Cruz. Estaba casado con doña Clara, era padre de Antonio “el Alemán”, casado ya con Milagros ( hija de los propietarios del "cafetín de Gregorio" situado en la calle Belza), Milagrito Pérez y creo que Manolo o Gregorio,  guardia civil o de asalto  (“grises” se le dijo más tarde) destinado entonces en Barcelona.
             Don Antonio era muy mayor y venia a mediodia a ponerme la inyección que me producía verdadero pánico. Cuando llegaba a casa, mi madre ya le tenía preparada una mesita con un mantel, un frasco de alcohol, un rollo de algodón y un pequeño cazo con agua.                                  
          Nada más verle preparar el instrumental me iba cambiando el color. Sacaba un estuche de metal donde llevaba la jeringa, agujas y una tijeras con pinza.                                                                                                                                                                            .       Del frasco que mi madre dejaba sobre la mesita, don Antonio echaba un buen chorro de alcohol en la tapa del estuche, que al prenderle fuego, producía una llama azulada sobre la cual, cogiendo con la pinza, un extremo del estuche  con  agua  cubriendo la jeringa y agujas,  la colocaba encima hasta hacerla hervir, para desinfectarlas. Luego, con la lima, rascaba uno de los extremos de la ampolla dejándola dispuesta para con un pequeño esfuerzo con dos dedos lo fraccionaba dejando el agujero por donde introducía la aguja ya colocada en la jeringa para extraer el liquido que contenía. Una vez todo el líquido dentro de la jeringa, con ella levantada en punta, empujaba el émbolo hasta hacer salir un poco del líquido comprobando que no existía ninguna obstrucción.
          Mientras hacia todos los preparativos, mi ánimo cada vez era más temeroso, asustadizo y aprensivo llegando al paroxismo en el momento que mi madre me agarraba fuertemente, me bajaba los pantalones y doblado en su rodilla me ponía, con el “culo en popa”, mientras yo pataleaba y lloraba.
          Don Antonio, “banderilla “en ristre moviéndose como un flan en sus temblorosas manos, no sé si a causa de los muchos años o porque padecía lo que entonces aun no se le llamaba Parkinson, con un trozo de algodón empapado en alcohol, me restregaba la parte de la nalga donde me clavaba la aguja, lanzada como un dardo, desde una prudencial distancia.
           No sé que me producía más miedo, si el dolor del pinchazo, el líquido del Bronquimax tan doloroso, (había que estar un rato frotando el pinchazo para que se diluyera) o el pánico de que la aguja se rompiera por los temblores de Don Antonio, con lo que soñaba toda la noche anterior. Como secuela de este mal recuerdo, siento verdadero pavor a las inyecciones y jamás he podido donar sangre y ni siquiera hacerme análisis sin que monte un espectáculo, me maree aún estando recostado en una camilla.
          Todo este trauma ocasionado por mis amigdalitis, se acabaron cuando ¡al fin!, mi madre aconsejada por don José Foronda, a la sazón médico de San Andrés, decidió con buen criterio, era necesario extirparla. Pero… conseguirlo, ¡no iba a ser tan fácil!
          Como mi padre era militar, nos correspondía acudir al Hospital Militar de Santa Cruz que estaba al inicio del puente Galcerán.
          En mi visita preparatoria al otorrinolaringólogo del hospital para el diagnóstico, preparación y fecha de extirpación de mis amígdalas, ya vaticinaba lo que iba a ocurrir.
          Como primera medida, el médico pidió que me hicieran un análisis de sangre. Cuando yo sentí lo que me iban a hacer, comencé a lloriquear y resistirme de que no quería hacérmelo.
        Mi madre y el enfermero trataban de persuadirme pacientemente de que no me pincharían con agujas sino, simplemente, seria un pinchacito de nada y sin dolor, en un dedo. A pesar de lo muchos tranquilizadores argumentos que me daban, continuaba negándome y resistiéndome entre llantos y estirones. Ya el enfermero preparado y ante la evidencia del hecho consumado, en uno de los tirones, me zafé de las manos de mi madre y cuando el enfermero quiso agarrarme, ya iba yo corriendo pasillo adelante hacia la calle, como alma que lleva al diablo.
         Se necesitaron varios enfermeros y algún hospitalizado para alcanzarme corriendo por los pasillos y el patio del hospital entre los parterres de plantas y columnas. Cuando al fin me alcanzaron después de un buen rato de carreras, ya no tuve escapatoria. Bien agarrado por los enfermeros, me cogieron la mano y en el dedo  medio, con un ínfimo pinchazo del que ni me enteré, salió… una  g o- t  i -t a  de sangre después de darle un estrujón a la yema del dedo.
           Tanto espaviento, llanto y carreras, total para una gota de sangre, recogerla en un cristal   y llevarla al laboratorio a analizar.
           No pasó mucho tiempo, cuando mi madre preparó mi ropa para los dias que estaría hospitalizado después de la operación. Aquella mañana otoñal fui a Santa Cruz al Hospital Militar, como el “baifito” que llevan al matadero, solo que más consciente del “sacrificio.”No obstante, no estaba muy nervioso pues, en aquellos momentos, me sentía protagonista y todos mis hermanos me mimaban en los días previos a la intervención. Pero cuando ya llegamos al hospital y pasamos al quirófano donde me operarían, y vi sobre unos carritos, a derecha e izquierda de un sillón como el de los dentistas, llenos de bandejas con un montón de instrumentos en los que había varias tijeras, pinzas, agujas raras y aparatos totalmente desconocidos para mí, pero con una pinta de hacer daño, que ponía los pelos de punta, mi cara cambió de color sobre todo cuando me sentaron en el sillón y vi como se acercaba el doctor con una bata blanca, en la frente, una pantallita con una potente luz encendida, en una  mano, una paleta que mantenía la lengua apretada y aplastada en la parte inferior de la boca y en la otra mano, una especie de  aguja acabada en forma de gancho, obligándome a tener la boca abierta mientras inspeccionaba mi garganta.
          Instintivamente con grandes arcadas me revolví en la silla impidiéndole al médico seguir su reconocimiento. Ante mis bruscos movimientos como el rabo recién cortado de una lagartija, el doctor optó, junto a un par de enfermeros, atarme a la silla con un par de gruesas correas que me anulara el movimiento de pies y el tronco con los brazos pegados al costado.      
           A trancas y barrancas logró poner en la garganta la anestesia necesaria    para adormecer la zona a operar porque, a pesar de las ataduras, hacia presión con los pies en el suelo y las manos en el asiento levantándome del sillón y berreando como el baifo. 
            El otorrino, por miedo a que durante la extirpación de las amígdalas pudiera hacerme algún daño imprevisible, decidió enrollarme fuertemente con una sábana, sentarme en el sillón y volverme a atar con las correas, más apretadas que la vez anterior creyendo, de esa manera, tenerme totalmente inmovilizado.  
            No por tantos amarres le resultó cómodo al cirujano eliminarme las amígdalas pues levantaba el culo del asiento haciendo fuerzas con los pies y manos a la vez que, por la boca, obligada a mantenerla abierta al tener un aparato colocado impidiendo cerrarla, salían gritos guturales entremezclados con saliva y sangrasa de la “carnicería” que  me estaban haciendo.
          A pesar de todo logró extirpármelas, pero el pobre doctor tuvo que sudarlas, pues le vendí cara esa minúscula parte de mi cuerpo.
          Desconozco si para él fué su operación de amígdalas mas trabajadas y si las recordó con los años, pero de lo que estoy seguro, es que para mí, fué el mejor regalo que he tenido nunca y jamás he olvidado, pues me quito un enorme sufrimiento de por vida y porque ese día, 11 de octubre de 1948 era mi cumpleaños. Cumplí, 7 tiernos maravillosos años.



18  Abril 2011







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