sábado, 16 de abril de 2011

El hongo chino y… otras curas


Si se les preguntara a los habitantes más ancianos de San Andrés, estoy  seguro que saldrían varios que quisieran aplicarse el privilegio de haber sido ellos los introductores del hongo chino  en casi todas las casas del pueblo. Pero la realidad es que nadie sabía quién fue el primero en poseerlo y de donde provenía semejante “cosa rara” que llenó de esperanzas y expectación a buena parte de las confiadas gentes de nuestro pueblo.
          Poco a poco, se fue corriendo la voz en el pueblo de la existencia de una “cosa” que le decían “hongo chino” que tenía unas propiedades curativas casi milagrosas y que de hecho lo curaba todo, desde un dolor de barriga, hasta el cáncer, que en esos años se empezaba a divulgar su conocimiento y había creado un fuerte temor no exento de motivo, a su padecimiento y su imposible curación.
           Si no lo habías visto, podías imaginarlo como las setas conocidas por nuestras latitudes, pero no tenía nada que ver con un champiñón. Su aspecto era más parecido a una medusa, incluso, hasta en el tacto. Era una sustancia gelatinosa que según el recipiente que lo contuviera, se adaptaba a la forma siempre de la superficie.
          Su caldo de cultivo era una solución de té negro, verde o rojo, al que se le añadía azúcar, con preferencia moreno, cosa que en aquellos años no era difícil, pues era el tipo de azúcar que más se usaba. La proporción idónea para dos o tres litros de té, era de más o menos cien gramos por litro. Su preparación no requería ningún conocimiento especial, ya que la única dificultad era hacer el té en la forma habitual,  disolver bien el azúcar y esperar que enfriase porque, si la infusión estaba caliente, el hongo podía morir. El recipiente idóneo ha de ser de cristal y a ser posible, de boca ancha que facilite el crecimiento y manipulación del hongo. Una vez el liquido que lo contendría estuviera frio, con el máximo de higiene, se introducía dentro y se tapaba la boca del recipiente con un paño de algodón poroso y limpio, sujetándolo con una goma para evitar la entrada de polvo, bichos, etc.
           Generalmente, el tarro con el hongo, se mantenía en una habitación interior de la casa que fuera fresco y de tenue iluminación para evitar que la fermentación que se ocasionaba fuera muy continuada dándole demasiada acidez al té.  L a fermentación se producía después de dos semanas y a partir de entonces, se filtraba el líquido para servirlo en un vaso y beberlo, cosa que se hacía varias veces al día. Yo no sé el sabor que tenía porque jamás lo probé, ni tampoco, ante su vista, era muy apetecible beberlo pero, según los que lo bebían, decían que tenia sabor a sidra.
          Con la fermentación, el hongo se desarrollaba hasta ocupar toda la superficie del recipiente y posteriormente iba criando del hongo ”madre” una especie de tejido gelatinoso transparente   de un color blancuzco, que paulatinamente, iba  engordando hasta que se superponía a  la “madre,” formando un hongo nuevo, y así, repetidas veces, hasta formar varias capas de hongos.
          Los nuevos hongos se lavaban bien con agua antes de agregarle la solución de té azucarado y colocarlos en otros recipientes o se regalaban a alguien que lo quisiera, pero nunca se vendía, ya que tradicionalmente se consideraba un beneficio que se debía compartir.
                 La primera vez que vi un hongo chino fue en casa de Madre Ángela que vivía en la calle Jeta, una casa más abajo que su hijo Arturo,  hermano de Aurelia Baute casada con Vicente Denis, que hasta el momento de emigrar a  Venezuela o Argentina, era el director de la rondalla  de San Andrés. Por cierto, llevaban unos años ya en América cuando, un buen día, le enviaron a Madre Ángela un paquete cuyo contenido causó sensación en todo el pueblo. Medio pueblo que ya había pasado para ver el famoso hongo, ahora volvían para ver el “prodigioso artefacto.”  Se trataba de una cinta magnetofónica que reproducía la voz de toda la familia americana, enviando unos emotivos mensajes para la abuela y resto de familiares que quedaron en el pueblo. Junto a las palabras de sus hijos y nietos, cantaban unas folias, isas, etc, de la rondalla que ellos habían fundado en tierras americanas. Fue el primer aparato de la técnica moderna, de lo que estaba por venir, que se vió en San Andrés. Hizo Historia.
           Cuando aquel año recorría las casas del pueblo, por Todos los Santos, con el acetre, el hisopo y “¡Que salga lo malo y entre lo bueno!...  pocas casas de San Andrés se libraban de tener el “milagroso” hongo chino.

    "El paso ligero"


No sé si lo que voy a contar era consecuencia del hongo chino o tenía algo que ver con él, porque coincidente con la presencia del hongo, hubo en San Andrés una especie de epidemia de la que no recuerdo su origen, ni quién era el culpable. Se decía que de aguas contaminadas, algunos alimentos en mal estado, un virus contagioso,… Habían tantos orígenes como habitantes tenía el pueblo, el asunto es, que lo padeció mucha gente y se hizo tan popular, que hasta quedó como una “coletilla” para multitud de ocasiones. Es posible que aún perdure, al menos, entre los “antiguos.”

Por la sintomatología de la enfermedad: dolor de vientre, vómitos, náuseas,… pero sobretodo, una alteración en la fluidez de las heces en las defecaciones, unido a un deseo incontrolable de evacuar, además, hacerlo con bastante frecuencia, hacia que los enfermos que padecían la enfermedad, bien por necesidad familiar o por valentía, cuando un poco recuperados, salían a la calle, parecían “ muertos vivientes “ por lo debilitados, pálidos y ojerosos debido a la pérdida de apetito, de líquidos y nutrientes, siendo el causante más probable de todo esto, una infección vírica muy contagiosa, la productora de la molesta y hasta peligrosa enfermedad llamada diarrea.

Este deseo de evacuar, a menudo incontrolable, era el principal problema, dentro de lo malo de la enfermedad, dando lugar a situaciones escatológicas frecuentes y algunas muy graciosas.

Se daba con bastante frecuencia el estar varias mujeres comprando en una tienda comentado el estado de salud bien de ella o de algún familiar que estaba pasando la enfermedad cuando, de pronto, alguna decía al tendero con urgencia: ---“Ramón, despáchame corriendo que tengo prisa”---

Sin esperar a que terminara de envolverle la mercancía, la pobre señora pagaba dejándose a veces el cambio sin recoger o diciéndole a Ramón.--- ¡Después te pago! – mientras salía de la tienda a escape hacia su casa. En más de una ocasión se iba sin comprar o a media compra, corriendo por la calle con las piernas entre abiertas aguantando como podía, y dejando a su paso los hediondos efluvios de la “cagalera” que ya le fluía ”patas abajo”.

Otro tanto ocurría con los hombres. Tanto si estaba en el bar, fútbol, en reunión en el murito de la playa o echando la partida de cartas o dominó, siempre había alguno que interrumpía lo que estuviera haciendo para salir corriendo calle arriba o abajo con la parte trasera del pantalón con una enorme olorosa mancha marrón mientras, por el camino, se iba aflojando la correa y desabrochándose la bragueta para ganar tiempo antes de hacérselo totalmente encima,

En ambos casos, en parte con lástima y en la mas de las veces, con risas, los aún sin el acuciante problema, comentaban: --- ¡¡ Otro con el paso ligero!!---

Durante una buena temporada estuvo la enfermedad ocasionando montones de estas situaciones y la expresión se hizo muy habitual en todas las conversaciones. Cuando se preguntaba por alguien que hacía días no se le veía, la respuesta siempre era la misma: --- ¡Está con el paso ligero! --- Incluso en el saludo o si decías:--“me voy a comer o tengo prisa que se escapa la guagua“---se preguntaba con cierto sonsonete:---¿Tienes el paso ligero?--- Si veías a alguien que caminaba deprisa o se impacientaba por algo, lo inmediato era gritarle con ironía: --- ¡Fefa!, ¿Estás con el paso ligero?---siempre acompañado de una sonrisa burlona. Total, que la expresión quedó patentada en San Andrés como una respuesta entre irónica y real para múltiples situaciones. Sobre todo si alguien iba con prisas, se comentaba: ¡TIENE EL PASO LIGERO!





14 Marzo 2011

 






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