sábado, 12 de marzo de 2011

La procesión


                        De los pocos actos  que se celebraban durante las fiestas, me gustaba mucho la actuación que hacia la Rondalla de San Andrés en la plaza. Creo haber dicho en otro apartado de mis “Recuerdos” que la rondalla la dirigía entonces Aquilino que vivía en la calle Belza y otro señor, que tocaba como nadie el timplillo y no recuerdo su nombre, pero creo que era el padre de Irineo que bailaba en la agrupación, como también, el hijo de Aquilino. Como cantantes femeninas, la primera voz era de Carmita, hija de Juana la “Lechera”, vecina mía de la calle La Cruz. Recuerdo su voz limpia y potente, las folías, cuando ella las cantaba, sonaban diferente a todas las demás. Como cantante femenina infantil entró Mari Luz, hija del “Nene” y de  “la Rubia”(siento no recordar sus verdaderos nombres). Vivian en calle La Arena frente a Correos. Mari Luz era una niña preciosa y cantaba como los ángeles, la recuerdo con especial cariño.
                      Otros componentes de la rondalla que recuerdo era mi hermano Rafael (Falito), tocaba la guitarra; Juanito Ledesma, tocaba la bandurria, vivía en La Plazoleta  en la primera de las tres casas que tenían un pequeño jardín en la puerta y era hijo del señor Ramón el Guardia.  Otro componente era Manolo Baute Pimentel hijo del señor Arturo y de la sra. Concepción,  más conocida por ”Cachona”. Vivian en la calle Jeta, frente a la Guardia Civil. Manolo tocaba la bandurria o el laúd, no estoy seguro. Pero lo que más recuerdo de Manolo era  su estilo único para bailar las malagueñas. Siendo un baile muy difícil, cuando él las bailaba, hacía con  su soltura y  dominio, algo más que un baile. Al compás de la cadenciosa música, era una danza llena de matices con sus vueltas y giros  que hacia dar a las cuatro o seis chicas  con quienes bailaba y dirigía, cogidas por la cintura. Realmente era un espectáculo.
                      Desde la alegre y parrandera isa con sus múltiples “ figuras”  de “puentes”, ”cadenetas”, “pasillos” “hombres dentro”, “mujeres fuera”,  “corros”, “parejas”,…..  todo ello bellamente enlazado, hasta la ceremoniosa y elegante folía, pasando por la picante y vibrante seguidillas y saltonas, con sus vueltas, giros y saltos; el baile de las cintas entrelazándose en el  mástil, portado por un miembro del grupo, era por su colorido,  uno de los que más me gustaba.  Las entradas y salidas de los bailarines pasando por debajo de las de diferentes cintas de colores  acortando  el diámetro  inicial ,para  seguidamente desliar todo lo trenzado en el mástil, volviendo a la longitud de las cintas del principio,  me producía cierto nerviosismo pensando que, en cualquier momento se enredarían, de tal forma, que no pudiera continuar la fluidez de la danza. Por fortuna, nunca vi que ocurriera. 
                      Me gustaba enormemente el folklore canario y durante todo la vida, siempre lo he seguido  allá donde he tenido ocasión de admirarlo y escucharlo no sin desencadenar  en mi una  profunda emoción. Estoy seguro  que de haber continuado  en San Andrés, hubiera pertenecido a su estupenda Rondalla.
                    
                          Pero de todos los actos de las fiestas, el más  trascendental  y daba origen a la celebración de todos los demás, era la solemne Misa por la festividad del Santo Patrón , y llegando a su  punto álgido, la concurrida  salida en procesión de la bella y antigua imagen de San Andrés por las calles empedradas del pueblo pescador y marinero.
                       Se celebraban dos salidas de San Andrés en procesión, la víspera por la tarde y al día siguiente  festividad del Santo por la mañana después de la  Misa. En mi relato abarco las dos salidas en una sola narración para evitar repeticiones, aunque existían pequeñas diferencias
                      Con  un alegre “pasacalle” por las principales calles del pueblo a cargo de una banda ya habitual  cada año, procedente de Arafo,  y  con los cohetes de rigor, se iniciaban las celebraciones el día de San Andrés.  Más tarde, el repiqueteo alegre y festivo de las campanas avisando el comienzo de la misa, daba paso a la parte  ceremonial  y religiosa del gran día del Santo.  De todo los rincones del pueblo acudían los feligreses con sus mejores galas, muchas de ellas estrenadas  con gran ilusión y no menos esfuerzo, en este señalado día. Todas las mujeres que acudían a los actos religiosos  siempre iban con la cabeza cubierta de bellos velos  de encaje   cogidos a sus cabellos por lujosos y trabajados  alfileres de plata,  oro y gemas,  según la posición  social de su poseedora. Este  sutil tocado se alargaba hasta los hombros  enmarcando y resaltando los bellos rostros femeninos, a la vez que le daba  a su portadora ,un cierto aire elegante y señorial . Los hombres estrenaban trajes o saharianas y muchos,  por una vez al año,  se ponían una corbata.  Ese día la pequeña iglesia se llenaba hasta quedar gente fuera ocupando buena parte de la escalinata de la entrada principal.                                                                                                                                                                                             
                     Como siempre, los tres hermanos estábamos pronto en la iglesia con los preparativos para la ceremonia. El altar especialmente engalanado y el Santo Patrón bajado de su hornacina habitual  y ya con su manto rojo que sólo lucía en las procesiones, colocado en sus andas bajo su blanco baldaquino de madera adornado con las mismas flores artificiales de seda de todos  los años, estaba preparado para su salida procesional.
                   La misa era cantada, como correspondía a las celebraciones  solemnes,  generalmente se la Misa de Angelis   de sobrio  y austero gregoriano, pero en la  fiesta del Apóstol, se cantaba la Misa de Pio X, mas melodiosa y polifónica,  dando más brillantes  al acto religioso. Como siempre, doña Chana era el “alma mater” de todo lo concerniente a la música para los cultos religiosos. Ella dirigía el coro, tocaba el órgano y seleccionaba los cánticos para los diferentes actos eclesiásticos. Era una sra. muy preparada, maestra de escuela, carrera de piano y  procedente de familia culta e influyente de La Laguna.
            Fotos procesión: cedidas por Salmonete de San Andrés                                   
                    Llegado el momento de la salida de la procesión, toda la plaza llena de  fieles devotos, esperaban pacientemente y expectantes ver aparecer el Santo por la baja puerta de la iglesia. Previamente se había subido la parte central del suelo de madera del coro porque, la parte alta del baldaquino, tropezaba con  ella. Debajo de la escalinata ya esperábamos los acólitos la salida y durante todo el trayecto procesional íbamos encabezando la procesión, la cruz y los dos ciriales. A unos   15-20 pasos  mas atrás  el Santo Patrón,  sobre sus andas, era portado por seis feligreses que se iban cambiando,  cada cierto tiempo,  por otros diferentes,  a lo largo del recorrido. Entre la cabecera procesional  y la imagen, a ambos lados, los hombres  y la chiquillería, formaban una  fila desigual,  hasta llegar a los laterales de los portadores, preparados para, en cualquier momento, hacer los relevos . Ya detrás del  Santo,  el sacerdote y autoridades  seguido la banda de música, que cada año venía de Arafo,  amenizaba con piezas musicales  apropiadas, el recorrido procesional . A continuación en compacta  larga cola,  se distribuían las  mujeres, entremezcladas con  parejas, forasteros y fieles que devotamente cumplían alguna promesa  ofrecida al Santo por algún beneficio obtenido. 
                  Unido a los sones de la banda de música  que  animaba el recorrido,  los “foguetes voladores”, completaba el acompañamiento sonoro, con sus esporádicos estruendos, que  unas veces  a los lados de la fila y otras, delante de los ciriales y la cruz, tiraban un par de hombres pertenecientes a la cofradía . Sin más protección que sus robustas  y trabajadas manos,  cogían la cápsula  contenedora de la pólvora del cohete y  sosteniéndola con dos dedos, aplicaban a la mecha  el ascua rojiza del cigarrillo que fumaban uno tras otro, saliendo disparados hacia el cielo dejando una estela de chispas y humo rematado por un ruidoso  trueno,  al que se le unía un fuerte olor a pólvora que inundaba el ambiente. Un par o tres  veces durante el recorrido, uno de los tiradores de cohetes, se colocaba delante del Santo y encendía una pequeña  rueda de fuego manual dando con sus continuos choros de chispas  y esporádicas explosiones, un poco de variedad y colorido .
                      La procesión discurría por la calle Belza hacia la playa  hasta la parada de las guaguas. Continuaba  hacia el Castillo para subir  calle La Cruz,   salir a La Torre y enfilando la calle del cine, volvía  a la Plaza para entrar de nuevo al templo.
                      Llegando a la parada de las guaguas, en la entrada del Muellito y a partir de ahí, hacia  el Castillo, había una serie de postes de la luz , de madera, que  sostenían los cables del alumbrado y cada dos de ellos tenia una  vieja pantalla con una bombilla que alumbraba el espacio entre una y otra. Era costumbre a la altura de la entrada al Muellito, en los  primeros postes de la luz, se montaban unas ruedas de fuego artificiales ya de cierta envergadura. Cuando la procesión llegaba próximo a donde estaba colocada la rueda de fuego, se detenía guardando una distancia prudencial   para evitar que las abundantes chispas que se originaban cuando la rueda giraba, alcanzara a los acompañantes y al propio Santo. Todo el mundo se apartaba prudentemente y nosotros ,los monaguillos, aun manteniendo  la cabecera procesional, también  tomábamos las debidas precauciones.
                      Aquel año  había trascurrido todo  como de costumbre: los adornos, los puestos de feria, partido de fútbol ,los forasteros, las perras de vino y sus secuelas, todo, incluyendo la misa cantada  y  la procesión,  se repetía casi de la misma manera  y monotonía de siempre.
                        La procesión ya estaba en la calle, había bajado la calle Belza y se encontraba en la parada de las guaguas haciendo la espera  de rigor ante el poste de la luz en cuya madera estaba clavada la  especial rueda de fuegos artificiales a punto de iniciar su descarga de fuego-   Uno de los pirotécnicos prendíó la mecha de la rueda situada más abajo e inmediatamente, comenzó a girar  desprendiendo abundantes   chispas al mismo tiempo que producía un característico ruido que, de tanto en tanto, se paraba unos segundos para reiniciarlos con mas potencia y velocidad  ---¡¡¡ Chiissschiiissschiiiss…CHIIISSSCHIIISSS…PUUUMMM!!! ---Acabando en una explosión cuando se agotaba el contenido de pólvora de un  cartucho,  iniciando a la vez  a otro , que despedia mas chispas, explosiones y humos que el anterior. Así, uno tras otro, iban poniéndose en movimientos las diversas ruedas que componían el conjunto, formando en algún momento, una bola de fuego, humo y fuerte explosiones que se expandía por un amplio espacio teniendo que  recular con rapidez, los que estábamos  más próximos, ante la  abundante lluvia de chispas candentes.
                             En el último tramo de la rueda cuando estaba en todo su apogeo de chispas ardientes, humo, olor a pólvora y explosiones de traca final…. yo “embobao”, veo venir hacia mí una lluvia de fuego que aunque trato de evitar  saltando hacia atrás, me alcanza todo el bajo de la sotana . Asustado queriendo sacudirme las chispas ardientes, suelto el cirial cayendo sobre la cabeza de uno y los pies de otro de los que estaban a mi lado. Acudieron mis hermanos sacudiéndome los bajos de la sotana evitando que ardiera ,cosa que no se produjo. Se armó un pequeño revuelo que casi pasó desapercibido  disimulado por los agónicos estertores de la rueda que agotaba los últimos cartuchos de pólvora  entre las explosiones finales en clave de traca……. De todo el  incidente, quedó unos momentos de temor  y desconcierto pero,  por fortuna, sin ninguna consecuencia  ni para los golpeados por el cirial, ni para mí, ya que no sufrí ninguna quemadura, ……..pero  en la sotana  quedaron,  como recuerdo, unos hermosos agujeros  que más tarde, se encargó mi madre de reparar.  
                            Restablecido el orden de nuevo, cirial  en ristre  y como si nada hubiera pasado , la cabecera de la procesión y el resto de ella, reanudó la marcha  camino de enfilar  calle La Cruz, con el mismo ritual de los cohetes tirados al cielo por los cofrades y  de tramo en tramo, encender una pequeña rueda de fuego  manual que no eclipsaba los elogiosos comentarios de lo bonito que había sido la rueda anterior, hasta llegar de nuevo a la Plaza.      
                  Antes de introducir al Apóstol en la iglesia  había una última parada al pie de la escalinata. Todos los asistentes a la procesión se situaba frente a ella  ocupando los laterales de la iglesia dejando el espacio de seguridad  suficiente para protegerse del encendido de una última  carcasa de fuegos artificiales que previamente se había colocado a lo largo del campanario. Dada la experiencia ocurrida anteriormente, tomé las debida precauciones no fuera que se repitiera el incidente.
                  Poco a poco empezaba una lluvia de brillante  estrellas blancas que recorria toda la base  de  lo que comprendía la espadaña del campanario cayendo hacia el suelo cada vez de forma mas intensa   como una hermosa y rumorosa cascada de luz hasta formar una espesa cortina  de un blanco intenso y luminoso que ocultaba todo la fachada comprendida por el campanario.
                   Durante breves minutos, todo el recinto exterior de la iglesia  se llenaba de resplandor, humo, olor a pólvora  y cuando ya comenzaba a extinguirse la chispeante cascada lumínica,  justo coincidiendo con las explosiones finales,…. una lluvia de cohetes voladores  preparada en el interior del patio que daba acceso al campanario, subían por encima de la espadaña con su silbido y cola de chispas  explotando en un -¡¡ ¡ pim, pum, repampumpum, pom, pum!! continuado  e intenso,  a modo de traca final y  despedida, hasta el próximo año.                                
                              Acomodado ya en su lugar dentro de la iglesia, El Santo Patrón exhaló un suspiro de alivio. Mirando al Sagrario y con cara resignada le decía:--“ Señor, este monaguillo acabará conmigo de un susto. El año pasado me “tufó” con los malos olores  y este año…. por poco provoca una desgracia. Te lo ruego Señor,¡¡¡Haz que se vaya de aquí!!!”----
                          Y… como hablaba con Dios sin intermediarios, ocurrió que en la primavera del siguiente año, salí de San Andrés con gran dolor mio y de toda la familia, hacia otro  lugar  incierto, dejando en ese pueblecito parte de mi infantil  corazón, junto a algunos familiares, amigos, lugares , juegos , vivencias y cientos de bellos recuerdos que ahora revivo con emoción y durante muchos años he guardado con verdadero cariño dentro de mi alma.
                          Corría el año 1950 y yo, hacía  poco había cumplido 9 preciosos años. Y…… estoy seguro que, mientras  yo salía hacia el puerto  de Santa Cruz con medio pueblo y nosotros llorando, ……. en su hornacina,  con una maliciosa sonrisa y mirando al cielo, San Andrés  exclamaba: --“Gracias Señor. ¡¡ AL FIN !!

L. Torti                   Febrero  2011

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