sábado, 12 de febrero de 2011

Las campanas

La iglesia  de San Andrés, no estaba interiormente como es ahora. Entre la entrada a la sala donde está la pila bautismal, donde fui bautizado, hasta  un par de metros  antes de la entrada a la sacristía donde hay un arco de piedra volcánica roja y a los dos lados del recinto, de la anchura que hace la pared hasta el borde del arco, habían dos altares de unos dos metros de largo con una hornacina, de casi igual medida, sobre un escalón de uno 40- 50 cms de alto con espacio suficiente para el sacerdote recorrer el altar sin caerse. Estos dos altares, junto con el escalón, que servía de asiento cuando la misa se celebraba en el altar frontal como  era lo habitual, hacia un estrechamiento en la nave rectangular que era la iglesia, formando un pasillo de  un metro y medio aproximadamente,  teniendo que subir el escalón  para acceder al altar y la sacristía.
                        Una vez salvado, quedaba un espacio de unos dos metros, hasta un metro delante del altar principal,  también  elevado unos 20cms. En esos dos metros, se colocaban las andas con las imágenes que saldrían en procesión. Centrado ante el altar mayor, estaban colocados dos  reclinatorios para los que iban a tomar la comunión, que se hacia arrodillados.  Una de  las hornacinas de los altares laterales protegía con un puerta de cristal, la preciosa imagen vestida de la Virgen del Carmen y en la otra, siento no recordar  con seguridad que imagen o cuadro conservaba.  Creo que era la Virgen  María que sale de procesión.
                           Recuerdo especialmente un año que la misa del Sábado de Gloria,  se iniciaba en un altar lateral y no en el frontal  de plata repujado. El porqué de este cambio creo era estar, en ese altar, el “Monumento”, llamado así, porque era  el lugar profusamente adornado de flores y velas, donde estaba  la Custodia que encerraba el Cuerpo de Cristo  simbólicamente “preso “  desde el Jueves Santo, cubierto por un crespón morado. El altar estaba preparado para el inicio de la misa de Gloria donde se produciría  el momento solemne de la Resurrección  de Jesús.
                          La  Misa,  por su gran importancia y solemnidad, era cantada y ayudada por los tres monaguillos que reitero, éramos los tres hermanos. Para el momento  en que de nuevo repicarían las campanas, hasta entonces silenciadas,  habían preparadas las dos campanillas que habitualmente se utilizaban en todas las misas durante  la Consagración, pero en esta ocasión especial, para realzar más  el efecto sonoro, se usaba una de gran tamaño. Esta más grande, por lo pesada que era, la usaba mi hermano Rafael; la mediana, también pesando  lo suyo, le tocaba a  Andrés, y lógicamente, la más pequeña, para mí. Las campanas del campanario estaban a cargo ese día, de Manolo Yánes, que sería avisado desde  el Baptisterio, por Pedrito, que vivía en la plaza de la iglesia, en la primera casa donde se iniciaba la calle Belza y hacia esquina con la calle Guillen.  Creo era hijo de Carmita Jimenez hija de la sra. Gloria o de alguien de la familia.  Todo a punto para la ceremonia, salimos de la sacristía en el orden habitual, yo primero, seguido de Andrés, Rafael y don Ignacio el cura, hacia el altar lateral.
                             Iniciaba la ceremonia los Kyries cantados con gran solemnidad por el coro y ya acabando el tercer Kyrie, Rafael q. e. p. d.  distribuye las campanillas entre nosotros , dándome,  ante mi sorpresa y espanto…¡¡la más grande!! No tuve tiempo ni para protestar porque el sacerdote cantaba ..-¡Gloria in excelsis Deo! Instintivamente comenzamos a tocar las campanillas, campanas, órgano, coro mientras el sacerdote destapaba del morado crespón, la Custodia, mostrándola a los fieles como muestra de alegría y gozo por la Resurrección del Señor. En los primeros momentos, yo manejaba la ”gran campana,” aunque con dificultad, con cierta energía, pero el toque continuo durante la bendición y el traslado  de la Cutodia hacia el altar mayor, prolongaba el  repiqueteo de las campanas y ya,… ¡ni con las dos manos!, apenas si podía  mover el grueso badajo. Con gran esfuerzo caminaba casi arrastrando la pesada campana, pero no dejaba de  moverla, hasta llegar el momento que, ya exhausto, no pude levantarla del suelo. Ni que decir tiene que todo el mundo  se partía de risa viendo la gran ”putada” que me habían hecho mis queridos hermanos y yo, enfadado, disgustado y agotado, acabé con unas agujetas en los brazos, que me duró varios días.

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