miércoles, 26 de enero de 2011

Todos Los Santos

                        En múltiples regiones y pueblos de España existen diversas costumbres y tradiciones,  algunas muy particulares, pero muchas de ellas eran comunes    en todas las  tierras de nuestro país, como  la visita a los cementerios, el colocar lamparillas de aceite (“mariposas”)  en las viviendas en improvisados altares con estampas y fotos de familiares  fallecidos, comidas especiales,  comer frutos secos (castañas, nueces, almendras, higos secos,…), frutas de la temporada (membrillos, manzanas, granadas,…), dulces típicos ( huesos de santos, torrijas, buñuelos de viento, batatas  dulces,..) Todo eso de, alguna manera ,también  era compartida en nuestra tierra, con la salvedad de que, 60 años atrás,  no estaban las cosas para semejantes despilfarros culinarios, si en cambio, las costumbres piadosas   y respetuosas a los fieles difuntos. Sin embargo en San Andrés, en esos años, había una costumbre o tradición muy arraigada, diferente, original y diría que única, a cuantas  he conocido, oído o leído y estoy seguro que estas nuevas generaciones la desconoce.           

                    No se sabía, ni el origen, ni el momento en que surgió una tradición  que, desde hacía años,  se llevaba a cabo  el día de Todos los Santos y  no estoy seguro, si también el Día de Difuntos. Pero por la gran aceptación y  solicitud del ritual, tanto por las personas mayores jóvenes y sobre todo,  por los ancianos, daba a entender que, desde bastante tiempos atrás, ya se celebraba este rito porque era bastante familiar  y se hacía de forma natural, de tal manera. que no podías dejar ni una casa y, dentro de ella, ninguna habitación, donde no se entrara y lo pusieras en práctica.
                      En aquellos años, lo veía como un acto religioso,  en algunos momentos, muy emotivo viendo la fe y devoción demostrada por los filigreses y mas que ninguno, personas enfermas y de edades muy avanzadas, luego, al paso de los años, me dió por pensar que, tal vez, era resto de rogativas por epidemias de cólera, peste o alguna ancestral superstición,  en la que la Iglesia, para erradicar cualquier maleficio, tenía mucho que ver.
                           El caso es que, después de la misa del día de Todos los Santos, mi hermano Andrés y yo, no nos quitábamos la sotana y el roquete  de monaguillo, pues don Ignacio, el cura, nos enviaba a recorrer el pueblo con el acetre lleno de agua bendita y el hisopo,  a bendecir  casa por casa y así, con un crucifico de mano  y los  artilugios para la bendición, iniciábamos el recorrido por la casa de Avelino padre, que vivía  en la plaza,  a la vez que era la primera de la calle Jeta,  continuando calle abajo,  pasando de la  acera izquierda a la  derecha sucesivamente.
                              A cada vivienda que llamábamos a la puerta, saludábamos con una frase  de bienvenida. Unas veces decíamos  --“La paz del Señor” o “La Paz de Dios”----- alternándola con ---“Ave María Purísima”….. , que no siempre era contestada por quien abría la puerta.  Después de dar a besar el crucifijo, lo limpiaba con un paño  y acto seguido,  iniciábamos la bendición de la casa con una  frase que no era una jaculatoria  sino una especie de “sortilegio”.
                                      Con el hisopo lleno de agua bendita, ibas pasando por  cada  habitación  que la anfitriona, nos indicaba, mientras,  con cuatro golpes de hisopo ibas haciendo la señal de la Cruz  rociándola con el agua, cada vez que hacías la bendición, mientras repetías,–“¡Que salga lo malo y entre lo bueno!”¡ Que salga lo malo y entre lo bueno! con cierta  entonación a modo de  cantinela .                                            Después de bendecir la casa , antes de salir a la calle, según las posibilidades de cada familia, te echaban unas monedas dentro del acetre. Abundaba la “perra” gorda y con frecuencia, una “perra” chica;  de tanto en tanto, caía un “real” (25 céntimos),  alguna que otra peseta y muy, pero muy  rara vez, llegaba  a una moneda de 2,50 pesetas.  En algunas casas, además, nos solían dar “ Jigos pasaos “, frutas,  pasas, y alguna que otra cosa comestible que guardábamos en una bolsa  y le metíamos mano, de  vez en cuando.
                          Durante el recorrido, nos intercambiábamos las funciones, una calle, mi hermano, hacía las bendiciones y  yo llevaba la cruz y recogía los comestibles y  en otras, lo hacíamos a la inversa. A medio día interrumpíamos el recorrido, no solo porque era la hora de comer, sino porque prácticamente nos quedábamos sin agua bendita y había que reponerla. Volvíamos a la iglesia   vaciando todo el dinero del recipiente del agua,  que nunca era gran cosa, y de ello nos daba  el cura , 1 peseta y media para cada uno, con lo que salíamos tan contentos  como si llevásemos una pequeña fortuna, dándonos también, una pequeña parte de los comestibles recogidos, quedándonos solos, los “higos pasaos”.
                           Continuábamos  después de comer, pasando  previamente por la iglesia para vestirnos de monaguillos, llenar de nuevo el cubito del agua bendita y recoger la Cruz, comenzando el recorrido a partir de la última vivienda que visitamos. Con idéntico ritual recorríamos todas las calles del pueblo: calle Belza,  el Cabo , Arenas, La Cruz, Sacramento, La Torre, la Muralla, Guillen. La Plazoleta,----etc., etc.. A medida que pasábamos, la gente nos llamaba y esperaba a las puertas para hacernos pasar y bendijéramos sus casas con la monótona cantinela --¡Que salga lo malo  y entre lo bueno!, ¡Que salga lo malo y entre lo bueno!.....                              Era muy emotivo el momento en que, en alguna  de ellas, estaba la abuela o el abuelo  muy viejitos ya, postrados en cama  aferrándose a una  vida  casi  a punto de extinguirse, pedirnos con fervor, besar la Cruz, como si de una confesión se tratara, y le bendijéramos con el agua bendita rociando el triste lecho, de donde no se levantaría,  ante las lágrimas de sus familiares…….. Un recuerdo triste e imborrable, que  me descubrió la muerte a  muy corta edad cuando tuve que vivir, en más de una ocasión, en primera fila, cuando se producía la  defunción  de algún habitante del pueblo y entraba en la sala mortuoria acompañando al sacerdote, que antes de cerrar el ataúd, echaba un postrero responso con un fondo  de llantos lastimeros y  en ocasiones,  no exentos de histerismo.
                             Calle por calle y casa a casa, recorríamos todo el pueblo hasta ya muy entrada la noche dejando pocos lugares por visitar, regresando a la iglesia cansados de tanto entrar y salir,  con el  hisopo seco,  el acetre con bastantes monedas y la bolsa surtida de  higos y otras viandas que don Ignacio   contaba y administraba según su criterio . A nosotros nos daba  dos o tres pesetas a cada uno y nos íbamos a casa no sin antes pasar por el carrito de Carmita, en  el banco de arriba de la plaza, gastándonos media peseta entre orejones, regalí  y unos caramelos “Jumbo o Dumbo” de “café y leche” cuyo envoltorio eran estampitas de la vuelta ciclista a España, que coleccionábamos en un álbum. El resto, lo guardábamos en una alcancía  para gastarlas en turrón, ruletas, petardos y rifas, durante las próximas fiestas de San Andrés.
                              Llegábamos a casa hechos “fiscos”, nos bañábamos y casi ni cenábamos  por estar hartos de tantos “Jigos” y otras chucherías. Caíamos en la cama rendidos pero con una gran satisfacción de haber cumplido con una tradición muy arraigada en nuestro pueblo .
                              Durante la noche soñaba  que, durante una temporada, San Andrés, sería más feliz y dormiría tranquilo porque, gracias mí, todos los males  estaban erradicados y solo  flotaría sobre su cielo, como protección benefactora , todo lo bueno de las gentes de nuestro pueblo.

                                                                 L. Torti                       Enero  2011

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