sábado, 15 de enero de 2011

Almáciga - Virgen de Begoña

        Todo el mundo, en algún momento de su vida, ha soñado, oído o leído, como un náufrago perdido en una isla o algún pirata abandonado  a su suerte, ha recurrido al incierto  método de arrojar una botella al mar, a merced de las olas, con un mensaje de socorro dentro con la esperanza  que alguien la recoja y ponga los medios para su rescate y salvación.

                   Más de una vez,  mientras jugaba en el “cabezo” recogiendo lapas o “burgaos”, veía restos de barcos, redes, botellas vacías, etc. que arrojaban las olas después de fuertes temporales y buscabas  entre las piedras, con ilusión infantil, que un día encontraría una botella con  el mapa de un tesoro dentro que, un malvado pirata ,cedería a cambio de su rescate de una isla perdida del Caribe. Pues bien, algo así, fue lo que ocurrió en una apartada y solitaria playa de una pequeña aldea del macizo de Anaga.
                    Hasta la aparición de una venturosa botella, muy poca gente del archipiélago , ni siquiera de San Andrés, podría ubicar en el mapa, ni conocía la existencia de este caserío, llamado Almáciga, perdido y casi olvidado entre altas cumbres en la  zona  norte de Tenerife . Gracias a estas circunstancias, Almáciga, empezó a existir para el mundo.
                    Curiosamente, en mi casa, no sólo sabíamos de la existencia de ese lugar, sino que conocíamos  a un abnegado y buen hombre miembro de su población  desde hacía
años. Desde que tengo uso de razón, dos o tres veces al año. venia  el  sr. Paulino ,hombre de mediana edad, bonachón,  muy respetuoso y agradecido, a mi casa con un burro cargado hasta no poder más, de carbón, papas, quesos, huevos, algún pollo,  conejos y productos varios que cultivaba, a duras penas,  en una escasa huerta  de subsistencia.


                        En aquellos años, era muy duro desplazarse desde Almáciga hasta S. Andrés, pues no había carreteras, sino unos rústicos caminos de pedregales, tortuosos y en continua subida, a tramos, con fuertes pendientes, hasta Taganana. A partir de ahí,  mejoraba algo en cuanto a anchura y pavimento, ya  que se convertía en tierra, salvo cuando llovía, haciéndose intransitable por el barro resbaladizo, pero continuaba siendo  penosa su andadura porque se prolongaba a base de empinadas curvas que zigzagueaba la montaña para salvar la distancia, desde casi la orilla del mar, hasta alcanzar la cumbre del Bailadero en interminable, fatigosa y lenta marcha que había que recorrer andando y cargados,lo mas que se podía, para aprovechar, al máximo, la capacidad del pobre jumento para traer y, a la vuelta, llevar a su casa, utensilios y  provisiones que necesitaba para su dura  vida campesina.
                          El sr. Paulino y su sacrificado borriquillo tenían que salir muy temprano,  sobre las cinco de la mañana, y darse una buena caminata por tan difíciles caminos . A partir del Bailadero hasta San Andrés, ya había una carretera en bastante buen estado, por donde podían circular vehículos, pero en esos tiempos, ¿quién tenía vehículo?: La carretera  aunque larga y llena de curvas, era de bajada y el trayecto se hacía más rápido y cómodo.
 
                          Cuando el sr. Paulino llegaba a s. Andrés, era casi mediodía y su primera parada, era  a casa de dña. María, como él llamaba a mi madre. Allí descargaba gran parte de la mercancía que traía y  mí madre le compraba, aliviando de su peso al pobre y sufrido animal.   Al borrico lo llevábamos a  “la casa de abajo” como así llamábamos  a otra casa que teníamos para desahogo de la nuestra, ( una antigua panadería que aún conservaba el horno y utensilios de amasar y  palas para sacar y meter el pan ),donde había un gallinero y una especie de cuadra, donde el animal, descansaba y reponía fuerzas para el también penoso regreso, mientras su amo, hacia sus ventas por el pueblo y sus compras y a veces  se acercaba a hacer gestiones en Santa Cruz. El buen “almaciguero o almacíguense”, siempre dejaba algún queso o huevos de regalo y mi madre, a su vez, le regalaba un poco de café  que mi padre obtenía en el puerto de Santa Cruz.
                          A media tarde, el sr. Paulino, con los pies hechos una pura llaga por la gran caminata y agotado por el trajín de todo el día, se sentaba con nosotros mientras tomaba una taza de café con algunas galletas  o un trozo de bizcochón. Mi madre o alguna de mis hermanas, le preparaba una palangana llena de agua templada a la que le echaban un puñado de sal donde, el pobre sr Paulino, sumergía sus doloridos y llagados pies encontrando un gran alivio y un plácido descanso después de un fatigoso y ajetreado día. Ya algo más relajado y descansado, mi madre le daba una toalla, esparadrapo, gasas y polvos Azol  para curarle y protegerle los pies para el camino de regreso que tampoco era “un camino de rosas.” En ocasiones, cuando llovía, además de llagado, venia empapado como una sopa y en más de una ocasión, se le tuvo que secar la ropa y dejarle alguna de mi padre.
                            Sin demora, preparaba a su borrico y cargaba en él las mercancías que transportaría para su casa, que nunca eran tantas como las que, de venida, traía, por lo que amo y borrico, irían mas aliviados de peso y la vuelta, se hacía más llevadera y cómoda.¡¡A saber a la hora y en qué condiciones llegaría  el entrañable  sr. Paulino a su plácido, rústico y olvidado paraíso de Almáciga!!


La Virgen de Begoña



                              Sucedió que una noticia  infrecuente, romántica e ilusionante, saltó a la opinión pública a través de grandes titulares en la prensa  ,extendiéndose, como reguero de pólvora, por todo el archipiélago, haciéndose eco toda la prensa de la península. La causaba, la llegada de una botella conteniendo unas estampas de la Virgen de Begoña, con un mensaje de unos peregrinos a Santiago de Compostela en viaje por mar, desde Bilbao. Durante la travesía, uno de los peregrinos, la arrojó al mar a merced de las olas, advirtiendo a quien la encontrara, se pusiera en contacto con ellos.  A lo largo de muchos meses, la botella viajó, desde el  bravo Cantábrico, hasta  una apacible y solitaria playa atlántica  de un archipiélago, que por algo, además de por sus bellezas, la llaman Afortunadas.
                                La botella, con su sacro contenido, fue encontrada por un matrimonio que recorría la playa en busca de restos,  arrojados en la orilla por las olas, y que pudieran serles útil o sacarle algún provecho económico que aliviara  un poco, la gran penuria de la época. Este hallazgo sacó del anonimato,  la ignorancia y el sueño de siglos, la existencia del pequeño pueblecito de Almáciga, en la isla de Tenerife, a la vez, que ponía en evidencia, las dificultades de sus comunicaciones y aislamiento.
                                 Con la información a las autoridades del contenido de la botella  y su mensaje, se abre todo un proceso de negociación para llevar, a buen fin,  la promesa de enviar una réplica de la Virgen de Begoña al lugar donde fue encontrada, con gran regocijo del pueblecito y toda la comarca de Anaga.
                                   Pasaron unos meses, desde las primeras noticias de la recogida de la  famosa botella, en la que  no se sabía nada de la situación de las negociaciones y ya parecía que nadie recordaba el feliz acontecimiento, dudándose, incluso, del cumplimiento de la promesa de enviar una imagen de la venerada Virgen vasca. Pero, un buen día, empezaron a llegar noticias de la próxima salida de Bilbao de una imagen de la Virgen de Begoña con destino a Santa Cruz de Tenerife para continuar su traslado hasta, la ya conocida, aldea de Almáciga.
                                     Entretanto llegaba el momento de la venida de la imagen, el obispado de La Laguna, preparaba los actos para su recibimiento y  se planteaba de qué manera, se haría el traslado hasta le ermita, que con donaciones de los bilbaínos, ( al igual que la imagen de la Virgen), se estaba construyendo en el pueblo donde residiría. Dada la imposibilidad de hacer el recorrido por tierra por las grandes dificultades del terreno y casi la total ausencia de vías apropiadas, se optó hacerlo por vía marítima. Además de ser la fórmula más adecuada, también era especial designio, lo que la providencia había querido: Si la botella con las estampas llegaron a través del mar, era justo que, La Virgen, “en persona”, quisiera  hacer  el mismo recorrido.
                                       No sé si fue mandato del obispado o decisión del pueblo de San Andrés pero, nuestro pueblo, tuvo un hermoso gesto hacia  la que sería nuestra vecina en devoción, no en vano, nuestro Santo Apóstol, compartió con  la madre de Jesús  importantes y trascendentales  momentos de su vida  y ahora, la recibiría de nuevo, para acompañarla hasta una nueva morada, porque la decisión, no era otra que salir a la mar, al encuentro de la Virgen, y acompañarla hasta Almáciga. Para ello, se convocó al pueblo de San Andrés para que se uniera al acontecimiento y se hicieron los preparativos para la ocasión´
                                       Llegado el día del traslado, no recuerdo si hubo misa previa, pero nuestro Apóstol, engalanado para  el importante “reencuentro”,  salía en procesión camino del Muellito donde una hermosa barca engalanada con guirnaldas de banderitas,  estaba dispuesta a embarcar tan ilustre Pescador,  acompañándolo  otras  barcas de otros tantos pescadores como Ël, aunque no fueran tan ilustres,  y del resto de feligreses que cupiesen en las distintas barcas también engalanadas . Los que no pudieron embarcar por falta de espacio, se agolpaban sobre la tapia del muelle y  su entorno para presenciar tan emocionante  acto.
                                    El día era gris y la mar no estaba todo lo tranquila que era deseable, pero tampoco  ofrecía ninguna preocupación y menos  aún, con la gran tradición marinera de nuestro pueblo.
                              Cuando las barcas iniciaron la salida del puerto , ya se divisaban  las engalanadas embarcaciones  encabezada por la portadora de la Virgen vasca que, desde este momento iba a ser  una “Maga” Virgen Canaria. Formando un alegre y vistoso cortejo, múltiples barcas  acompañaban a la Madre Viajera  acercándose hasta nuestros barcos que, con calculada  precisión, esperábamos estuviera a nuestro costado.
                               Mientras la veíamos llegar, una fuerte emoción se iba apoderando de todos los que vivíamos tan precioso e histórico momento y estalló la fuerte tensión almacenada, cuando pasaba, justo, al lado de nosotros,  con ´múltiples ¡¡Viva San Andrés!!, ¡¡Viva La Virgen de Begoña!! Repitiéndose una y otra vez, mientras aplaudíamos frenéticamente y una lluvia de “foguetes”  tirados desde nuestras barcas y los acompañantes, volaban sobre la Virgen,  hacia el Cielo, como una plegaria de  fe y de esperanza.
Este emocionante  encuentro, no lo he podido olvidar y ahora al recordarlo, me embarga una emoción incontenible.
                                Entre ¡¡Vivas!! a ambas imágenes  y los “foguetes “ de rigor. nos fuimos integrando en el cortejo procesional  marítimo  mientras navegábamos hacia  el destino final de Almáciga, como era la intención inicial. Pero llegando a la altura de Los Órganos, la mar, que se inició un poco “picada”, iba aumentando su  oleaje y a medida que avanzábamos, se incrementaba  la inestabilidad de la marea, al punto, que se tomó la decisión de retornar a puerto, cosa que se hizo, cuando ya se divisaba Igueste.
                                El resto de la procesión marítima no tenía otra opción que continuar hasta su destino final, a la que se unió, algunas de las barcas  de nuestro cortejo. El Santo Apóstol ,se despidió de  la Madre de su Amigo y Maestro, entre nuevos,  y cariñosos ¡¡Vivas!!  a la vez, que se iba quedando rezagado para después, dar la vuelta y retornar a su  puerto y hogar seguro, donde es tan querido y venerado.
                                 Me produce verdadera tristeza que este “gesto” tan emotivo, entrañable e histórico, del pueblo de San Andrés, no se vea reflejado en los múltiples escritos sobre el “milagro” de la botella de Almáciga y  el traslado de la imagen de la Virgen de Begoña, hasta su nueva estancia. Reivindico para todo aquél que escriba algo sobre este tema, haga constancia de este hecho que ennoblece y enorgullece a los pobladores de nuestro querido pueblo. ¡He dicho!.
                                    De todo este relato doy fé de su veracidad como testigo de primera fila, pues en calidad de monaguillo, asistí ,desde la barca portadora del Santo, a tan trascendental acontecimiento.
                                    Corría el año 1950 ,un 14 de Mayo y yo cumpliría pronto, nueve años.


                                                                        L. Torti

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