domingo, 11 de diciembre de 2011

La vuelta a San Andrés /// Final: El día de San Andrés

IM MEMORIAM   de Dª Chana Cabrera Rodríguez
           ¡Por fin llego el día de San Andrés!
            Aquella noche de vísperas, me costó bastante conciliar el sueño pensando en que pasaría cuando apareciese de nuevo en San Andrés. Daba vueltas en la cama nervioso, imaginándome situaciones variadas. Unas veces, de una acogida satisfactoria y las mas de las veces, temeroso de un posible rechazo por parte de la gente que me encontrara. Esos pensamientos me producían desasosiego, manteniéndome despierto, bien entrada la madrugada, hasta que el sueño acabó por vencerme.
           Me levanté temprano y me di una buena ducha para despejarme del sueño que aún me adormilaba, continuando con el acicalamiento habitual de afeitado, perfumado “encorbatado “y trajeado como la situación requería. 
          Durante todo el tiempo de estancia en Villa Cisneros y el resto de vacaciones, usaba ropa veraniega e informal, pero, para un día tan especial como el de hoy, me había traído, expresamente, un traje ligero de alpaca pensando que, la temperatura de Canarias, no era para traje de invierno.  
          Calle Castillo abajo, me dirigí hacia el Casino, donde desayuné, continuando hacia la parada de las guaguas de San Andrés. Subí en la primera que salió y como siempre, intentando reconocer a alguien, pero sin obtener ningún resultado.
           Las guaguas era una de las cosas que había mejorado bastante desde que me fuí. Eran más grandes, de estructura más solida, aspecto más moderno, cómodas  y rápidas, no tenían nada que ver con la vetustez de las antiguas.
                 Esta reflexión me trae al recuerdo una tarde jugando con Manolito y Luisita, hijos de dña. Chana, Mercedita Yánez Marrero y yo en el murito de la playa cuando decidimos ir a un garaje del padre de Mercedes, propietario del servicio de Transportes de San Andrés, donde guardaban guaguas para reparar. Este hangar estaba en la calle del murito donde empezaba la calle La Cruz en el lado derecho. En más de una ocasión íbamos a jugar allí, montándonos en las guaguas que en aquel momento había, manejando con el volante y las marchas como si fuéramos avezados conductores. No sé porqué era tan fácil entrar en aquel hangar, pero no tenía dificultades introducirse allí.
        Entramos tan fácilmente como en otras tantas veces y nos subimos a un par de guaguas manejando con el volante, las marchas, luces e incluso sonábamos la bocina. En uno de los momentos del juego, Mercedita comentó que su padre había comprado una nueva guagua llamada Mercedes y yo, inocente de mí, desconocedor de marcas de vehículos y ajeno a lo que se refería, le pregunté ingenuamente:-- ¡Qué bien! ¿Le ha puesto tu nombre?— pensando en un bautizo como se hacía con los barcos. Mercedita me aclaró que no la llamaban Mercedes por honor a ella, sino porque era una guagua alemana de motor Mercedes, iniciándose con ella, la modernización de la flota de los transportes de San Andrés. Pocos días después estrené, en un viaje a Santa Cruz, la primera guagua que hizo el recorrido San Andrés-Santa Cruz de la fábrica Mercedes Benz, pero para mí, siempre fue la guagua de Mercedita.
        
           Este segundo trayecto a San Andrés no estaba exento de la emoción y nerviosismo del primero, más bien  se incrementaba  ante la perspectiva de mi encuentro con el Santo, la misa, procesión, mis años de monaguillo, los cohetes, turrones, el ambiente festivo y sobre todo, con la gente del pueblo  y amigos que recordaba de mi niñez.
         Cuando llegué a San Andrés subí acelerado la calle Belza hacia la iglesia pues llegaba con el tiempo justo para la Misa. Apenas si me fijé en el ambiente de fiesta pero tampoco vi nada especial a como yo recordaba los adornos y los tenderetes de la plaza y calles adyacentes.
           La Iglesia estaba, como acostumbraba en ese día, llena hasta la puerta. Como pude, me fui introduciendo hasta quedar debajo del coro rodeado de gentes conocidas, pero para ellos, yo era un forastero más de los que venían de los barrios vecinos a la celebración del Santo Pescador.
           Hice un repaso con la mirada al interior del templo comprobando que todo estaba igual a como lo dejé. Los camerinos laterales con el Cristo crucificado, San Juan y la Magdalena protegidos por un cristal, en el lado izquierdo; la Dolorosa en frente, y creo recordar que el Cristo Yacente estaba en una urna de cristal al pie de la Virgen. Los cuadros de la Purísima y el Arcángel San Gabriel con las Ánimas del Purgatorio. Pasada la puerta del Baptisterio aun existía una hornacina con una preciosa Virgen del Carmen sobre un estrecho altar y un estrecho escalón. Frente a ella, después del púlpito la hornacina y estructura, reflejo de la otra, conteniendo una bella imagen de la Virgen María. San Andrés en sus andas cubierto por el baldaquino de madera torneada y pintada de blanco adornado con flores, esperaba a un lado del espacio que, subiendo un escalón, conducía a la sacristía y al altar repujado plateado donde el sacerdote iniciaba, en ese momento, la Misa solemne.
          Nada más el sacerdote pronunció el <”Introibo ad altare Dei”>, los primeros sones del órgano hizo vibrar mi espíritu y mi corazón avivó los sentimientos y recuerdos que hasta ese momento estaban inquietamente expectantes. Sentí un gran deseo de subir al coro pero me contuve de momento hasta que, al iniciarse el canto de los Kiries de la misa de Pio X, ya no pude contener mi pasividad sintiendo, a la vez de un cosquilleo en el estómago, como mis ojos se volvían vidriosos y antes de llegar a mayor conmoción, inmediatamente saqué mi pañuelo simulando un golpe de tos y un sonado de nariz.
         Solicitando paso, me fui acercando a la escalera de subida al coro y suavemente subí, peldaño a peldaño, sin hacer ruido, mientras las voces femeninas del coro cantaban el inicio del Gloria.
          Seis o siete chicas componían el grupo de las cantantes y al órgano ¿quién podía estar al órgano? Me acerqué lentamente al grupo colocándome detrás de ellas sin que se dieran cuenta y entre los espacios que las separaba pude entrever la figura menuda y vivaz que enérgicamente tocaba y dirigía de Dña. Chana, tía Chana como la llamaba_ mos en casa. Me acerqué al grupo sigilosamente y comencé a cantar la parte del Gloria, que aún seguía, haciendo la segunda voz. ---“Dómine Deus, Rex celéstis, Deus Pater omnípotens….”---
           Al escuchar una voz masculina, alguna de las chicas se volvieron y la misma doña Chana volvió la cabeza sin dejar de tocar el órgano, me miró y continuó como si nada  pero… un momento después, como si hubiera tenido una revelación, entre tocando y dejando de tocar, se abalanzó hacia mí con un --”¡Mi niño! ¿qué haces tú aquí?”--- dándome fuertes besos, interrumpiendo, por unos segundos, la melodía del órgano, mientras las voces cantaban unos compases “a capella”- Volvió a sentarse al órgano continuando el toque y el cántico, con una mano en el teclado y la otra agarrada fuertemente a la mía…Para mí fue un momento, más que emocionante… ¡sublime! Nunca lo olvidaré y en estos momentos que lo escribo, me invade una gran emoción al recordar tan efusivo y expresivo reencuentro.
             Una vez acabado el cántico, Tía Chana volvió a abrazarme y besarme sin dejar de decir--¡Jesús, Jesús, Jesús, Luisito.  Qué alegría, mi niño, ¡qué grande y que guapo estás!--- para a continuación ametrallarme con ráfagas de preguntas que no me daba tiempo de contestar mientras volvía al órgano siguiendo la liturgia de la misa acompañándolas con los cantos a los que me uní, pues conocía   perfectamente todas las partes cantadas: Credo, Sanctus, Agnus Dei, así como las respuestas a las oraciones del sacerdote oficiante ya que, durante algunos años, aquí, precisamente en esta iglesia, los aprendí.
            Las chicas que cantaban en el coro, a información de dña. Chana, me identificaron y también me preguntaban por mis hermanos: yo no las recordaba en principio, pero a medida que me decían de que familia eran, iba situándolas en mi recuerdos, pero en mi estado emotivo y nervioso no sabía a dónde acudir. De todas, creo recordar una Amador Acuña, no sé si era Mari Paz o una hermana, que vivía frente al molino de gofio en un pequeño patio-callejón. Pido excusas si me confundo.
             Acabada la solemne misa, bajamos del coro y ya en la escalinata de la iglesia con tia Chana enganchada a mi brazo, fui saludando a Antonio el “Alemán”, a Santiago “el Palmero” ,(el guardia que me orientó en Santa Cruz, confesándome su mosqueo  pensando que le recordaba alguien conocido),  Bernabé,  Nicasio, Elena y su hermana Rosario, Pepito y Nino Ramos, Angelina y Olga Baute, hermanas de mi cuñado Arturo con sus respectivos novios y a cada paso, se iban sumando gentes que me eran conocidos pero no recordaba sus nombres, conociéndolos  más por sus apodos,  pero no me atrevía a llamarlos por ellos por temor a  molestarles.
             Tuve una avalancha de saludos, de estrechamientos de manos, golpes amistosos en la espalda, algún que otro abrazo. Algunos me preguntaban si era Panchín y una gran mayoría me reconocían mas, por mi apellido Torti y por el resto de mi familia, (Falito, Antonio, al que todos conocían por “El Torti”, Finita, Carmen, Manola y sobre todo a mis padres), que por mi propia persona pues, cuando yo vivía en San Andrés, era un “chibirringo” al que solo las personas más próximas a mi familia podrían recordarse. Salvo los niños amigos de infancia, y aún estos, tendrían difícil identificarme igual que, posiblemente, yo tampoco los conocería a ellos porque también estarían muy cambiados físicamente, pero a apenas vi a ninguno, bien porque ya no vivían aquí, o porque no se atrevían a acercarse, conformándose con verme en la distancia. Además, con la vorágine de saludos, era tal mi confusión, nervios y desconcierto que apenas si tenía tiempo de percatarme quien me saludaba.   
   Con la salida y el acompañamiento de la procesión,   me llamó la tención observar que una gran banda de música, muy bien uniformada y compuesta por numerosos jóvenes músicos acompañaban durante todo el recorrido, con melodiosas marchas  procesionales, el paso del Santo por las calles del pueblo. Me satisfizo la buena iniciativa y la prosperidad de la Comisión de Festejos para contratar una banda tan numerosa, posiblemente traída de Arafo, como
Foto del álbum de la Banda Musical Amigos del Arte de San Andrés
los seis o siete músicos de la misma localidad, que venían  en mis años infantiles. Esta banda realmente realzaba la procesión dándole aun más solemnidad y categoría al acto. Más tarde, ante un comentario al respecto, Dª Chana me aclaró que  la banda pertenecía al pueblo y estaba formada por chicos de San Andrés, ya con gran  prestigio en la isla,  donde era solicitada,  con el nombre de Banda de Música Amigos  del Arte de San Andrés, para conciertos, procesiones, festejos y toda clase de eventos. Ella, tan amante de la música, se sentía muy orgullosa de su existencia; orgullo, que compartí.
               A lo largo del trayecto, reviví muchos momentos de mi infancia donde me era muy difícil mantener la entereza de mi ánimo y de mis sentimientos.
              Aprovechando el paso por las calles del pueblo, según a quien veía, a veces me acercaba a saludarlas o simplemente me sentía compensado el ver a personas conocidas, aunque no recordara sus nombres, y notaba como también me miraban, con curiosidad y supongo que con simpatía, las que ya sabían quién era yo.
           Fue especialmente emotivo, al pasar por delante de mi casa, el acercarme a saludar a Juana La Muerte y darme a conocer explicándole mi saludo de unos días antes. La anciana Juana me abrazó fuertemente y con besos muy sonoros y continuos, me hizo saltar las lágrimas Foto cedida por Salmonete de San Andrés  ; lágrimas, que también ella compartía.
           Hice otro tanto con Madre Concha y su hija Pepa, con Quica, Carmen Vivas, Lucía Morales y no sé cuantas más, pues dado mi estado de ánimo, con tantas emociones, preguntas, besos, etc. iba como en una nube, algo aturdido, pero con una enorme satisfacción al ver mi sueño realizado y volver a estar cerca de aquellas personas y lugares con los que conviví buena parte de mi niñez.
           La procesión llegaba a su fin entre la traca final de entrada de nuevo al templo, la banda tocando el himno nacional y mi conmovida despedida al Santo que un día pensé, rogó a Dios porque me fuera del pueblo antes de cometer alguna otra “desgracia” como en mis tiempo de monaguillo. (Léase en el blog “Recuerdos de San Andrés, el final de los capítulos “Los foguetes”--- Febrero 2011 y “La procesión” –Marzo 2011).
             Me reuní de nuevo con tía Chana pues, durante el recorrido procesional, me aparté en varias ocasiones para acercarme a saludar a alguien, pero previamente, le había prometido, casi me obligó aceptar, el ir a comer a su casa, a la vez que saludar a D. Manolo Rodríguez, postrado en cama por una fuerte bronquitis.
             Enganchada a mi brazo, bajamos entre los tenderetes de la Plaza y el principio de calle Belza, para girar en la esquina de la barbería de Alfonso el Peinador, a la calle Sacramento y coger la del Horno hasta la casa donde estaba teléfono,-telégrafos llevada por la sra. Fernanda. Frente, la casa de la familia apodada “Pasos Largos“ y pasada la calle Carabela, a la izquierda, estaba la de Dª Chana que era un poco como la mía.
               La casa había sufrido algunas transformaciones como consecuencia del crecimiento de Manolito y Luisita, hijos del matrimonio, quedando más espacio en la planta baja al edificar, sobre la amplia azotea, un nuevo piso donde se ubicaron las habitaciones de los niños hasta que, para formar su propia familia, volaron del nido.
              D. Manuel se incorporó para darme un par de besos mientras con su voz de un tono y acento muy particular que recordaba con frecuencia e incluso la imitaba, me decía --Luisito, mi niño. ¿Cómo está Dª María y D, José, Carmencita, … ? –nombrándome, uno a uno, a toda la familia.
               Sentado al borde de la cama, le fui contando cosas de la familia mientras tía Chana se encargaba de darle su comida para luego comer nosotros. Recordaba durante la charla a D. Manuel cuando, con su caballo, regresaba de la quinta que tenía en el valle de Las Huertas, unos dos o tres kms. más arriba de Los Torales, al atardecer, calle abajo, con su sombrero,  su piel tostada, alto, enjuto, con el pelo ya canoso   y andando con paso  firme agarrando las riendas  de la caballería, haciendo notar su paso al oir el golpeteo de los cascos sobre los duros callaos del empedrado, quitándose el sombrero para saludar acompañado de un ¡buenas tardes! con su  personal vozarrón.
                  Durante nuestra comida me contó que Manolo estaba casado y se instaló, según creo recordar, en Granadilla de Abona en el ayuntamiento o algo similar. En cuanto a Luisita también se casó y vivía en Venezuela, siendo ya madre de un par de hijos
                  Hablamos de tiempos pasados en los que ambas familias compartimos buenos y malos momentos y… en un arrebato inesperado, muy propio de tía Chana, me cogió de la mano y me llevó hasta el lugar entrañable de la casa donde siempre había estado un viejo piano de pared. Se sentó en el taburete y mirándome a los ojos, puso sus finas manos sobre el venerable teclado ya de marfil amarillento y envejecido, empezando a desgranar las notas de antiguas melodías, que nos traían dulces recuerdos, a la vez que las cantaba, uniéndome a su canto, como tantas veces muchos años atrás, habíamos compartido con mis hermanos.
         La sesión llegó a su momento álgido cuando entre esas canciones, había una de especial significado para mi familia. Se trataba del pasodoble “Cielo Andaluz” al que tía Chana le había compuesto una letra especial para cantársela, en la Península, a la familia de mi padre (mi abuela, tíos, etc.) que iríamos a visitar  en unas vacaciones para  que conocieran a mi hermano Andrés (Panchín) y a mí que éramos los más pequeños.            Dª Chana comenzó a cantar: 
          --“Estando en Canarias sin ver nuestra tierra-
           --lejos de la familia …… “---- Luego, en el estribillo:
           --“¡Ay Santa Cruz! el de las cruces en Mayo
           -- donde se come gofio amasado a diario
            --- ¡Ay Santa Cruz! Tierra querida por mi….” ----,
             En algunos momentos, se interrumpía ahogada su voz en nostálgicos sollozos, a los que, tampoco yo, podía soslayar.
            Con fuerte emoción acabamos la canción y ya más calmados, le pedí a Dª Chana tocara “Sueño de Amor” de Franz Liszt, acabando el recital con la “Barcarola” de Offenbach.
             Con la tristeza que siempre comportan las despedidas, dije adiós a don Manuel y a tía Chana, agradeciéndole su cariñosa acogida y salí  cargado de besos, recuerdos para toda la familia y henchido de música, roto por las emociones, pero colmado de satisfacción.
              20 años más tarde, volvimos a reunirnos toda mi familia, menos mis padres ya fallecidos, con D Manuel Rodríguez  y Doña Chana  Cabrera Rodríguez en San Andrés, celebrando una Misa en honor del Santo y por todos nuestros seres queridos fallecidos.
              Ya era anochecido y se acercaba el momento de volver, pero no quería irme sin antes pasar por La Sociedad donde se estaría celebrando el baile pero, en esta ocasión,  no lo vería ni oiría desde la puerta, ahora, entraría dentro.
              Como siempre, el baile estaba animado e igualmente volví a encontrarme con gentes conocidas, pero ya me sentía tan cansado que, al poco rato, de forma discreta me fui aproximando a la puerta hasta salir a La Muralla y respirar el aire fresco de la noche desintoxicándome de la cargada atmósfera del interior.
               Prescindí de volver a entrar, tomando la decisión de regresar a Santa Cruz pues había sido un día agotador, sentimentalmente hablando, y al día siguiente, a media mañana, volaría hacia la península para reincorporarme de nuevo a la monotonía de la vida habitual.
                Caminé despacio Muralla abajo, hacia el Castillo, para salir al murito hacia la parada de la guagua.  No sé si era el frescor húmedo nocturno o porque estaba próxima mi partida, pero sentía un leve escalofrío que me obligó a acelerar el paso, pero ni aún así, podía reprimir la sensación de espeluzno que, al subir en la guagua, se agudizó con un pellizco de congoja en el pecho.
Foto: Andrés Afonso.                                        La guagua subía lentamente la pequeña pendiente hacia la Rambla enfilándose hacia La Muralla Grande, mientras por la ventana, veía alejarse el Muellito y las siluetas de los edificios escasamente iluminados.
             Poco antes de girar la primera curva donde dejaría de ver  a mi pueblo, lo retuve a través de mis retinas humedecidas y… no le dije ¡Adiós! a mi San Andrés querido, sino que me lo llevé en mi corazón, una vez más, como en la primera vez, ….¡¡para siempre!!

        ……” veía alejarse el Muellito y las siluetas de los edificios……”
 
                Foto: Salmonete de S. Andrés                             Foto: Andrés Melián
                                                                          

L. Torti
                                     
                        30 Noviembre 2011—Festividad de San Andrés Apóstol















sábado, 3 de diciembre de 2011

La vuelta a San Andrés /// Quinta parte: San Andrés


Al llegar de nuevo al Castillo, giré a la Muralla para entrar ya dentro del pueblo y como no podía ser de otra manera, quise ir a mi casa.
           Nada más entrar en la primera calle a la izquierda, vi La Cruz que daba nombre a mi calle y de nuevo me dió un vuelco el corazón.
           Ya tenía el ánimo decidido a no volver dejarme llevar por sentimentalismos, y con esa actitud, me fui acercando hasta el pie de La Cruz. La acaricié con mis manos y la besé conteniendo la respiración para reprimir un sollozo que me estaba oprimiendo en mis adentros.
           Pude ver, en la puerta entreabierta enfrente de la cruz, a una señora mayor mirándome a hurtadillas para no ser vista, pero yo bien sabía que era su cuidadora, la sra. Serafina. La mantenía limpia, le ponía flores de vez en cuando y en días especiales, le colocaba una estela blanca con encajes entrelazando los brazos de la cruz simbolizando un sudario. Su hijo, no recuerdo en estos momentos su nombre, era barbero y tenía la barbería en la calle San José entre La Torre y La Plazoleta. No quise decirle nada para no hacerle patente que la había descubierto pero, en cuanto le dí la espalda para continuar mi camino, tímidamente salió a la calle siguiéndome con la mirada.
           Dos casas más arriba vivía Juana La Muerte y verla en la puerta de su casa como siempre, me pareció que se había detenido el tiempo ¡Estaba igual de cuando la dejé! Miento, ¡Estaba bastante mejor! Al pasar frente a ella la miré y estuve tentado de abalanzarme a su añoso cuerpo para abrazarla y darle un fuerte beso pero… no era la intención ese día. Me limité, entre emocionado y cínico, pero muy educadamente, a inclinar suavemente la cabeza a la par que le decía con una sonrisa: --¡Buenas tardes, sra. Juana!---Siguiendo adelante como si tal cosa, sin detenerme a mirar su reacción.
            Su casa hacia esquina con el inicio de la calle Sacramento y estaba casi al frente de la mía, entre su esquina y la de “seña” Gumersinda y “seño”. Luis, padres de Juanita, Domingo, Quica y Gregorio. Me detuve ante ella y aquí sí que no pude reprimir que mis ojos se volvieran a inundar de lágrimas. Por un momento se agolparon en mi mente: imágenes, voces, mi familia, múltiples recuerdos de acontecimientos sucedidos en aquella casa y en esa calle, de mis felices años infantiles.

Foto: ¡¡¡Miii caaassssaaa! Mi padre, dña. Chana, mi madre, (¿ ?), niñas- en la ventana y puerta de mi casa.        

       Traté de contener mi emoción disimulando, mirando a un lado y otro de las calles y entonces observé como Serafina y otra mujer más, estaban a la puerta de Juana La Muerte cuchicheando sin quitarme la vista de encima.
            Continué calle arriba hacia la Torre y, al final de la calle, en el rincón frente a la casa de Carmen Vivas, sentadas sobre unas grandes lajas, a modo de banco, como las había visto cada tarde en esa misma posición desde que tuve uso de razón, una vez más, allí, al “soquito”, estaban disfrutando del calorcillo producido por los últimos rayos del atardecer otoñal, Lucia Morales, Carmen Vivas madre y otra sra más que no recuerdo su nombre.
          Interrumpieron su charla para fijarse en aquel chico alto, no mal parecido, moderno, bien arregladito y solitario que se cercaba a ellas con paso decidido. (Perdonen pero… ¡no tengo abuela!)Al llegar a su altura me dirigí a ellas.--¡Buenas tardes sras!! Se está bien al “solito” ¡Eh!... Por favor, ¿podrían decirme por donde se va a La Plazoleta? --- dije, de un tirón en un perfecto castellano de Madrid, por preguntar algo.
            Extrañadas, sorprendidas y un tanto, aturdidas, entre las tres, me contestaron e informaron por donde se iba a La Plazoleta. (Demasiado sabia yo donde estaba).
           ---Muchas gracias, sra. Lucía Morales, sra. Carmen, Sra.--- le respondí con una leve inclinación de cabeza dirigiéndome hacia la dirección que me habían indicado, dejándolas, sin mirar atrás, haciéndose conjeturas de quién sería aquel “cristiano” que las llamaba por su nombre.
            La Torre, ¡Ay, La Torre! No había ningún rincón de ella y su entorno, que no me retrotrajera a los tiempos de mi infancia, pero eso mismo puedo decirlo de cualquier lugar de San Andrés que, a pesar de los muchos años pasados, continuaba estando prácticamente igual.
          Miré por todos lados intentando ver a alguien conocido, a Pancho, Ignacio Baute, a Antonio y Bernardo Baldeón , a José “ el Cachirule,  a Pascasio, etc… aunque no sé si los hubiera reconocido pues, lógicamente, ellos también habían crecido y físicamente  estarían tan transformados como yo. De hecho, a la gente joven que me encontré durante mi estancia en el pueblo, no reconocía a casi nadie y a los que vi, diría que me rehuían, ya que ninguno vino a saludarme, tan solo recuerdo a Benigno Ramos (Nino).
             Recorrí La Plazoleta saludando a todo el que se me cruzaba sin que nadie hiciera un gesto de reconocerme, aunque todos me miraban con curiosidad y extrañeza, pues no era muy normal ver a un chico joven, solo y curioseándolo todo.
             Salí hacia la muralla, la salté, atravesé el barranco hacia la carretera de Taganana subiendo por un camino trazado por el continuo pisar, acortando el trayecto que habría subiendo por el puente. Ese recorrido lo hacía casi todas las tardes cuando iba a buscar la leche a Los Torales y, hoy, lo quería volver a hacer.
              La carretera seguía igual con su pavimento de tierra. Al lado de la casa de D. José el Turco, un poco por debajo del depósito del agua, la construcción de un par de nuevas casas, vaticinaba la futura invasión urbanística de la montaña como estaba sucediendo con la Ladera. 
            Encarrilé mis pasos, a grande zancadas, hacia la finca Los Torales mientras iba contemplando desde la altura, la preciosa vista de San Andrés y su entorno.
             Había un lugar, a mitad del camino, que me causaba verdadero temor cuando tenía que pasarlo y, ahora que lo pienso, creo que fue eso lo que realmente me impulsó ir a Los Torales.
           En el tramo que correspondía aproximadamente sobre la fuente Pilario o al actual barrio de Suculum, (entonces con solo tres o cuatros casa esparcidas por la ladera), en la carretera, había un tajo en la montaña. En la parte izqda., los obreros habían dejado un hueco con una entrada bien recortada, posiblemente para poner una puerta con la intención de guardar las herramientas o como refugio por si llovía mientras construían la carretera. No sé, el asunto es, que la carretera estaba terminada hacía mucho tiempo atrás y el hueco quedó sin puerta dejando ver, a la ida aún con sol, un poco del interior de la cueva. Con reparo la pasaba, pero con el paso algo más rápido del habitual, sin dejar de quitarle el ojo al hueco.                        
              Entre que ordeñaban las vacas, cogía caña dulce o jugaba por los alrededores con los hijos de los dueños, a veces subiendo al tanque que estaba en la montaña, se hacia un poco tarde.
              Ya el sol se ocultaba empezando a oscurecer, cuando emprendía el regreso de prisa y recuerdo que llevaba una lechera de aluminio con una tapa que la cerraba herméticamente y una asa de un grueso alambre de hierro. La lechera tenía capacidad para unos tres litros pero contenía dos litros y medio de leche recién ordeñada, de los cuales, cuando llegaba a mi casa, podía faltarle casi un cuarto de litro que yo me bebía por el camino a buches.
             Unos metros antes de llegar a la altura de la cueva, me detenía unos momentos recopilando valor para pasar aquel trecho que tanto me imponía, sin motivos. Me iba acercando tímidamente y casi a la altura del hueco abierto en la montaña, de la que no se veía más que el interior oscuro,... ¡de pronto! salía corriendo, como alma que lleva al diablo, pasando por delante del hueco sin parar, hasta dejarlo atrás un buen trozo.
              Pasado el mal trago, venia el trago dulce. Quitaba la tapa a la lechera y me “mandaba” un buen buche de leche aún calentita. Caminando a saltitos de alegría, le daba vueltas enérgicas a la cántara abierta sin que se saliera ni una gota a causa de la fuerza centrífuga, cosa que me encantaba.
           
              Cuando llegué a la altura del hueco vi con alegría que permanecía igual que cuando lo dejé, ¡sin puerta! No pude resistir la tentación de introducirme dentro y darme cuenta de lo pequeña e inofensiva que era….claro que, con siete u ocho años de entonces, era un “chibirringo” miedoso y la cosa era distinta.
            Continué hasta la curva donde ya se veía la casa, recordándome que, en esa curva, según el día, corría un fuerte viento que apenas me dejaba caminar y me dificultaba enormemente la respiración a causa de mis “dichosas” amígdalas, teniendo que avanzar de espalda un trecho hasta rebasar la fuerte corriente de aire.
              “Los Torales” estaba cerrado. Las huertas no lucían el verdor de las cañas de azúcar en los bancales y el resto de huertas tenían el lamentable aspecto del estado de abandono, pero la parte edificada, se conservaba en el mismo estado de antes aunque sin vacas.  No me detuve mucho tiempo, regresando por el mismo camino hasta La Hacienda donde, el último año de mi estancia en el pueblo, iba a buscar la leche evitándome ir tan lejos y sobre todo, no pasar aquel mal trago de la cueva.
            Bajé hacia el barranco Las Huertas por el camino que separaba las plataneras del Turco de las de La Hacienda, saliendo al lado de un tanque que ya hacía muchos años estaba abandonado, siendo lugar preferente de nuestros juegos en el barranco.
            Recuerdo que adjunto al tanque habían unos “goros” dónde, alguien del pueblo, criaba hermosos cochinos. También existían varios arbustos conocidos por ricinos y otros, por “veneneros” (por su savia venenosa), que daban una flor amarilla en forma de pequeñas trompetas, de los cuales cortábamos ramas gruesas para construir los techos de un cobijo y luego cubrirlos con ramas de platanera. Estas chozas las hacíamos entre las piedras grandes del barranco constituyendo nuestros “cuarteles” para las luchas a pedradas de la pandilla ”La Torre”, contra los de la “Villa Abajo”.
           Seguí por el barranco hacia el pueblo pegado al muro de piedra que protegía la platanera del Turco donde tantas veces cacé negros tizones,   perenquenes, lisas y lagartijas a pedradas y con “estiladera”. Quedé extrañado y decepcionado al ver una fila de casetas construidas con maderas de forma muy precarias, como chabolas para vivir, donde habían un montón de niños  jugando entre ellas.   Entre los mayores, pude reconocer a “el Rubio”, al que muy pocos en el pueblo sabía que su nombre era Juan, hermano de Santiago “el Palmero” y de mi cuñada; al “Tolete” y a varias personas mayores más de las que no recuerdo los nombres. A medida que pasaba los iba saludando y notaba su sorpresa ante mi presencia, dejándolos atrás comentando entre ellos, quien sería aquél turista perdido por aquellos parajes.
            Entré de nuevo en el pueblo por La Torre y subí hacia la plaza de la iglesia llena de chiquillos jugando, como siempre, pero no conocía a ninguno. A la puerta de su casa estaba Rosario “la Boba” y al lado, en la tienda, estaba Carmita, la del carrito y una de sus hijas ya hecha una bonita mujer.
           Ya no podía entretenerme mucho y decidí irme para Santa Cruz ya que era de noche,. Además, volvería el día de San Andrés donde me daría a conocer con todo el mundo.
          Bajé por la calle Belza y me di cuenta que estaba asfaltada, mientras el resto de calles, continuaban con su suelo empedrado.  Pasé sin detenerme ante la casa de don Antonio Marrero, la barbería, la tienda de “Isabelona”, el cafetín de Gregorio, la tienda de don Moisés, me acerqué en un último esfuerzo a El Cabo, dándole un vistazo rápido antes de coger la guagua de retorno a Santa Cruz.
           Tuve una sensación extraña en esta primera visita. Las calles, la plaza, el barranco, el camino a Los Torales,… las recorría en dos zancadas, los tejados de algunas casas los podía tocar con la mano sin esfuerzo; en conjunto…¡¡ San Andrés había encogido!! Por un momento me sentí como Gulliver en Liliput. De la estatura de un niño de 9 años, aunque espigado, había pasado a un hombre con 1,84 de estatura… y viniendo de una gran ciudad como Madrid, con sus enormes distancias y grandes edificios, no era difícil comprender esa sensación de empequeñecimiento.
            Comí algo en el camino hacia la pensión y al llegar, me duché y caí en la cama rendido. Estaba cansado y había sido un día duro de emociones, pero sobretodo, había cumplido mi objetivo de pasearme por el pueblo de incógnito.
            Todo estaba casi igual a como yo lo recordaba y me alegré de que San Andrés siguiera conservando su aspecto acogedor y el encanto marinero y agricultor de siempre.  Y pensando en las emociones vividas durante el día y lo feliz que había sido, me dormí plácidamente.                                 Foto : Natalie Vivas Núñez
            … Uno o dos años después, San Andrés empezó a perder aquel encanto para siempre, dejándololo ……¡¡¡¡ASI!!!!
 





  





Foto:JavierMelián

sábado, 26 de noviembre de 2011

La vuelta a San Andrés // Cuarta parte: San Andrés ( I )


A medida que la guagua se dirigía a San Andrés mis ojos volvían a contemplar unos casi olvidados parajes; a la izquierda la comandancia de Marina, donde más de una tarde dominguera acompañaba a mi madre a pasar la tarde con mi padre cuando hacia su guardia; a la derecha el castillo de Paso Alto en cuyas troneras se exhibían unos antiguos cañones y a su vez contenían en su museo el famoso cañón Tigre, que era comentario continuo de la chiquillería.
Asi dejé a Santa Cruz - año 1949 – 50.  Foto del álbum de Fcº Luis Yanes Aulestia
           Frente al fuerte, existía una cantera conocida por “La Jurada”. De pequeño, lo que más me llamaba la atención, no era el estruendo y las piedras volando de los barrenos, que en alguna ocasión explotaban cuando pasaba con la guagua, sino una pequeña máquina de tren a vapor con varios vagones que transportaban las piedras para un nuevo muelle que se construía frente a los Paragüitas y una incipiente avenida. Coincidía, más de una vez, ir guagua y tren circulando paralelamente un buen trecho con gran regocijo por mi parte, pues era toda una novedad y motivo frecuente de mis sueños. En mi primera visita a la península, una de las primeras cosas que pedí a mis padres, y me concedieron, fue subirme a un tren en el trayecto San Fernando–Cádiz.
          Al pasar por el desconchado que los barrenos ocasionaron en la montaña, evoqué aquel soñado tren y lo busqué ansiosamente con la mirada y… ¡lo vi! Lo vi sobre unas vías muertas, arrumbado, sin vagonetas, sucio y descuidado….Ante su solitario y desolado aspecto, sentí una gran tristeza y en mis húmedos ojos, quise volver a ver la alegría de su marcha dejando atrás una estela de humo,
         El Balnerario, Valleseco, Bufadero, Las Cuevitas, Cueva Bermeja pasaban ante mi vista haciéndome recordar otros momentos en que me peleaba con mi hermano para ponernos en el lado de la ventanilla para, a través de ellas, ir viéndolo todo.
         Todos esos barrios habían crecido con nuevas viviendas encaramándose en las laderas de las montañas, pero muchas de ellas estaban a medio acabar y sin revocar las paredes exteriores,con los bloques grises a la vista, dándole un feo aspecto de descuido,  improvisación y cierta pobreza  que,  en principio, me desagradó.
          La carretera poco o nada había cambiado. A partir de Cueva Bermeja, la carretera comenzaba a subir hasta su altura máxima de siempre bordeando, en numerosas curvas, la agreste costa formando unos escarpados precipicios, solamente protegidos por un bordillo interrumpido en pequeñas separaciones.
        Hasta entonces no comprendí lo peligroso de su trazado y el riesgo que suponía circular por aquella estrecha y peligrosa carretera donde el cruzarse con otro vehículo, si no fuera por algunos recovecos preparados al efecto y la pericia de los magníficos conductores, era prácticamente imposible. De pequeño, la inconsciencia infantil, convertía en emoción y aventura cualquier incidente que ocurriera en la carretera, pero ahora, sentía verdadero temor.
          Me llevé una desilusión al girar en la curva del Saladero y ver con pena, que ya no estaba en actividad y se me vino a la memoria la imagen de las mujeres con sus delantales y unas anchos sombreros de paja sobre sus pañuelos de cabeza asomándole por los lados que removían, sobre los callaos de la playa y sobre los tejados de unos secaderos de obra, los chernes, corvinas, tollos, lubinas, etc. expuestos al sol, a las que saludábamos con la mano al momento de pasar. Eché de menos el olor característico del pescado en salazón que acompañaba a la guagua durante la curva que formaba las escarpadas montañas que configuraba, en el barranco de Jagua, la pequeña playa de arena negra de la ensenada.
           Nada más dejado atrás el Saladero llegaba, para mí, el trozo de carretera más bonito y misterioso de la carretera y empecé a sentir un cosquilleo especial en el estómago al pensar que estaba llegando a San Andrés.
            Creo que en ese tramo, la carretera adquiría la altura máxima del precipicio hasta la orilla del mar. De pequeño, veía la arena negra de la playita llamada El Trabuco entre unas rocas a una distancia enorme desde la altura de la guagua, sin embargo ahora, tenía la extraña sensación de que aquella “enorme” distancia, estaba reducida como si la carretera se hubiera hundido.
             La marea estaba en su fase de bajamar y pude contemplar, por última vez en el Trabuco, la belleza de las suaves olas acercándose a la orilla dejando al descubierto la fina arena negra al retirarse el agua, y, sobre ella, una cenefa de espuma blanca que rápidamente era absorbida, mientras, otra ola, iniciaba de nuevo el proceso.
             Lo misterioso de aquel tramo lo producía una puerta de hierro de dónde, al anochecer, los chiquillos decían que se aparecía un fantasma.  Al lado de la puerta, desde la carretera, salía una escalerilla estrecha, de la misma piedra de la montaña, que subía, hasta perderse de vista, hacia la cumbre. Creo recordar que “aquello”, le decían “el polvorín”. Nunca llegué a pié hasta ese lugar, pero cada vez que pasaba en la guagua, se producía en mi mente infantil, sobre todo, si regresaba oscurecido, una imagen fantasmagórica de una bruja  de cara verde como la del Mago de Oz que, cuando vi la película, me dejó impactado de terror.
 Foto cedida por "I Love Santa Cruz" de facebook reproducida en el  álbum de Fcº Luis Yanes Aulestia.
            La realidad de aquel rincón en la carretera, era la existencia de una instalación militar y la escalinata servía de acceso a un búnker de artillería, bien camuflado, construido para proteger la costa en tiempos de la guerra civil complementando, con otros dos ubicados en la playa de Las Teresitas, la defensa de Santa Cruz.
            Una curva más y la guagua entró en la Muralla Grande. La vista de San Andrés con El Muellito, La Rambla, todo el conjunto de casas hasta El Castillo y El Cabezo,  hizo latir mi, entonces, joven corazón con tanta fuerza  que podía oírse.  Una fuerte emoción se apoderó de mí poniendo un apretado nudo en mi garganta, y mis ojos, sin poder reprimirlo, se llenaron de amorosas lágrimas hacia aquellos lugares en los que di mis primeros pasos y tuve las primeras vivencias de mi vida.
           Mi primer deseo al pisar de nuevo el suelo de San Andrés fue ir hasta el extremo   del Muellito y desde allí, contemplar su playita de arena y sobre los callaos, las barcas de toda la vida varadas, algunas con los petromaxs colocados, en espera para salir a la mar a pescar.
           En el rincón de la escalera de bajada a la playa, se apilaban, en varias filas, cajas rectangulares de madera para el pescado, unas nasas,  varias pandorgas y una red amontonada en un lado del muelle y volví a recuperar el olor de las redes, a aparejo, a mar, a aquel sabor tan marinero que tenía impregnado en mi memoria y mis recuerdos y un temblor nervioso de emoción volvía a invadir mi alma “lagartera”. Tuve que salir de allí, rápido y casi escondiéndome, para no descubrir mi debilidad sentimental ante las pocas personas que me miraban con curiosidad   y desconcierto.
           Me dirigí hacia el Castillo con una idea preconcebida de lo que quería visitar ante la premura del tiempo que disponía. Mientras caminada miraba las casas y en cada bocacalle, me detenía para tener una visión global de ellas, dándome cuenta de la dificultad de pararme en todos los sitios y más que nada, reprimir la emoción de la que ya me sentía muy sensible y afectado.
          Hice una rápida visita al Castillo y comprobé con pena, que continuaba siendo la misma letrina de siempre. Seguí andando dejando atrás el campo de fútbol, algo mejorado, y en mi imaginación oí el ¡¡Riquirraca, zumbarraca, bim, bom, bá, San Andrés, San Andrés, y nadie más  !! que tantas veces había gritado, deteniéndome después en la puerta del cementerio dónde yo había acompañado, como monaguillo, hasta su última morada,   a muchos de los que allí dormían su sueño eterno..
         Busqué con la mirada, pues no pude entrar por estar cerrada la puerta, la tumba de un hermano enterrado allí y yo no conocí. Las sepulturas aún conservaban las coronas y ramos de flores, ya mustias y ajadas, que los familiares colocaron en las pasadas fechas de Todos los Santos y Día de Difuntos. Con devoción y no menos sentimiento, recé unas oraciones por mi hermano Paquito y todos los hijos del pueblo sepultados con él.
         El día, amaneció soleado, pero se fue tornando gris a lo largo de la mañana y en estos momentos, estaba el cielo cubierto de nubes amenazadoras de lluvia pero, de momento, se aguantaba mientras yo caminaba a paso decidido sobre la vereda de “callaos” hacia el final de la playa de Las Teresitas que, poco a poco, iba dejando cada vez más espacio de su preciosa arena negra al descubierto.
          Durante todo el camino, no me crucé con nadie y el recorrido playero continuaba en la misma soledad. Tampoco era hora de que hubiera gente por las calles y mucho menos en la playa con un día tan feo y siendo hora de estar comiendo.
           Bajé de los “callaos” hasta la arena de la ya extensa playa casi llegando al Balneario para subir de nuevo a inspeccionarlo más de cerca  viendo que se encontraba en pié, pero en un estado lastimoso. 
           Me detuve entre el balneario y el final de la playa. Me senté a comer los bocadillos mientras miraba el mar como se retiraba en pequeñas olas hasta dejar Las Teresitas como yo la recordaba en bajamar, con una franja casi como un campo de fútbol de su arena negra y unas límpidas aguas que invitaban meterse en ellas. Me descalcé y dándole los últimos bocados a una manzana, recorrí todo el trecho, desde las piedras hasta el agua para mojarme los pies, entonces sentí un fuerte deseo de bañarme presintiendo que a lo mejor nunca más tendría otra ocasión de disfrutar de su arena, ni de su actual estado.

Foto : Javier Melián

       No pude contraerme ante la invitación que me ofrecía aquella situación. A medida que volvía hacia atrás, me fui quitando la ropa hasta quedarme totalmente desnudo pues no había traído bañador ni tampoco la idea de lo que estaba ocurriendo.
         En aquella absoluta soledad, solo arrullado por el sonido de las pequeñas olas, me sumergí en las limpias aguas dejándome mecer por las suaves olas y nadé, buceé, salté, me revolqué, me embadurné de su negra arena y corrí por Las Teresitas, como no lo había hecho ni cuando era niño, en una cariñosa despedida.
            Mientras disfrutaba de aquel baño mágico no me percaté de que alguien, al lado del Balneario, al pie de la montaña, me observaba y sentí desconfianza de si pretendía robarme o algo no deseable. Subí hacia donde había dejado la ropa y esperé a secarme, al aire.  A medio secar, me vestí, e inicié el recorrido de retorno henchido de felicidad.
           Frente a mí, durante todo el camino, tenía a la vista la montaña en cuya ladera, antes de dejar el pueblo, solo existían unas cuantas casas por encima de la Rambla  pero ahora, la proliferación de nuevas viviendas había ocupado buena parte de la montaña  y me causó la misma impresión negativa de Valleseco, Bufadero, etc. casas a medio terminar, sin el enlucido de las paredes exteriores y aún sin pintar como consecuencia, suponía, de que sus propietarios las irían terminando según sus recursos económicos.
           La tarde se hizo más espléndida cuando las nubes se apartaron eliminando el riesgo de algún chaparrón, dejando entrever, entre algunas nubes mas esponjosas, grandes espacios de cielo azul y luminosos rayos de sol.
          Con el calorcillo de esos rayos salares tan reconfortantes, hice el camino de regreso hacia el pueblo, absorbiendo, con todos mis sentidos, aquellos entrañables parajes, que algo me decía, nunca más volvería a disfrutarlos en tan auténtica esencia.


                                         ………….  continuará